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domingo, 29 de enero de 2012

Joe Black o la Muerte nunca fue tan paciente


"¿Conoces a Joe Black?" no es mi película favorita. Ni mucho menos. Buenos actores como Anthony Hopkins o Brad Pitt no son suficientes para que esta cinta entre en mi filmoteca particular. No, señor. Sin embargo, hay algo que me gustaría que Joe hiciera por mí. 

Joe, por favor, cuando vengas a buscarme, avísame con tiempo, antes de que sea tarde, cuando aún pueda arreglar mis asuntos pendientes y dame unos días. Dime palabras de consuelo y apóyame en esos momentos. Dime que no tengo que preocuparme ni por mi eternidad ni por lo que dejo atrás... y que todo irá bien. 

Película bonita, sentimentaloide... y mentirosa. Cuando me muera, quiero que sea Joe, y no otro, el que venga a buscarme.

sábado, 28 de enero de 2012

Lily Allen

Nacida Lily Rose Beatrice Allen, se me antoja más una amiga de mi hermana que una estrella del pop. Lily me hace sentir cómodo. La miro y la imagino en su casa en un día de resaca o tomando un Cola Cao con su cuadrilla o paseando el perro por el muelle mientras escucha "Copa Rota" de Los Rodríguez, sintiéndose desdichada a más no poder.

Si sólo escucho sus canciones, me gusta. Me gusta mucho. Gran artista. Si la veo a ella, me parece una chiquilla, buena, buenísima voz la suya, que no se cree que esté ahí subida al podium de la fama. Si bien es verdad que en los últimos tiempos sus asesores han hecho una grandísimo trabajo con ella, no deja de parecerme una de esas chicas que en el colegio llevaba gafas, aparato, tenía granos y era poco popular... y que, con mucho tesón, rabia y trabajo, ha conseguido dar la vuelta a la tortilla para entrar en el club de las populares.

Sintiéndolo mucho, Lily, para mí sigues siendo esa pringada-pero-buena-persona del colegio. Aunque te rodees de gente chic, aunque lleves tacones de vértigo, seas imagen de grandes firmas o poses poniendo morritos a la cámara... A mí no me engañas: tú  no eres guay. Y eso es lo que me gusta de ti.

No sé nada de tu vida y, si me preguntas, tampoco sabría decir el título de dos canciones tuyas... pero te acabo de ver en la TV, en un videoclip vaquero vestida con un mono blanco... y me has vuelto a gustar.

viernes, 27 de enero de 2012

Las Amistades Peligrosas de Stephen Frears


Probablemente una de las mejores películas que haya visto últimamente. Mejor que la sobrevalorada "Los Descendientes", mejor que "Drive"... ¡una película del 88! Contaba yo con 8 años cuando Stephen Frears juntó a un elenco de lujo para realizar una obra maestra como es "Las Amistades Peligrosas".

La ya por aquel entonces maestría de Glenn Close, la versatilidad de John Malkovich, unos jovencísimos Keanu Reeves y Uma Thurman... Crueldad, manipulación, inocencias maleadas... La vida misma, por ello emocionante drama, porque es un drama en toda regla.

Todos tenemos, o somos, una Glenn Close y un Malkovich alrededor. Todos hemos sido un poco Michelle Pfeiffer en alguna ocasión o, al menos, lo hemos intentado. Todos fuimos un Keanu Reeves una vez. Los cuentos de hadas no existen. Así es la vida, parece querer decirnos Frears.

Nunca es tarde para ver y aprender. Pasen y vean... Las Amistades Peligrosas, 1988.

lunes, 23 de enero de 2012

Querida Matilde

Ver a Lola Herrera sobre las tablas siempre es un placer. Sin embargo, esta vez ni Lola Herrera ha conseguido que Querida Matilde dejara de hacérsema larga. Quizás influyera la incomodidad del teatro (Teatro La Latina, con sus butacas decimonónicas) o puede que yo llevara todo el día dando tumbos y y estuviera cansado... Sea que fuere, una Lola Herrera correcta, pero no espectacular como esperaba, un Daniel Freire en línea y una exageradísima Ana Labordeta que no hace sino gritar y gesticular en demasía durante toda la obra... Echo parte de la culpa al libreto, que no deja tiempo entre el amor y el odio. Una historia para haber desarrollado de otra manera y, desde luego, bajo otra dirección en la que Lola Herrera no tuviera que moverse por el escenario como si fuera Arturo Fernández, un Freire que no hinchara la vena de indignación cada dos minutos y una Labordeta que... bueno una Labordeta que fuera otra actriz... por ejemplo, Natalia Dicenta, hija de la gran Lola Herrera, grandísimas actrices las dos aunque en Querida Matilde no saque Lola más allá de un notable bajo. 

miércoles, 20 de abril de 2011

LA PLAGA

El jefe de mi padre tiene pulgas. Deben de tener mucho genio y ser malas porque mi padre siempre que el jefe las tiene, intenta buscarse cosas que hacer lejos de él. A mi padre no le gustan las pulgas, supongo que ni las de su jefe ni las de nadie porque, por lo que me ha dicho el vecino, son animales pequeñitos que pican y te hacen estar todo el día rascándote por todo el cuerpo. Así que tiene que ser un rollo tener pulgas.

Esos días en los que su jefe tiene pulgas, mi padre llega a casa de la oficina muy enfadado y sin ganas de jugar conmigo. Yo estoy intentando descubrir algún veneno para matar esos bichos. Aún no sé cómo hacerlo pero he formado un club con mis amigos para investigarlo. Los jefes de sus padres también tienen el mismo problema. Los presidentes somos el vecino y yo porque nuestros padres trabajan juntos en la misma empresa y tienen plaga de pulgas muchas veces a la semana. Un día que tuvimos que hacer una redacción sobre nuestros padres, nos fuimos a comer un helado con ellos y nos contaron que su empresa se dedicaba al marketing. Estuvieron un buen rato explicándonos todo pero no lo entendimos muy bien así que, al final, nos pusimos de acuerdo y escribimos que trabajaban en una tienda de juguetes. De todas maneras, ya hemos decidido que nunca nos dedicaremos a lo mismo que ellos. Igual el marketing, sea lo que sea, atrae ese tipo de pulgas porque los padres del resto de mis amigos las tienen menos veces.

Mi padre dice que mi madre a veces también tiene pulgas pero, la verdad, yo nunca las he visto. Son tan pequeñas que igual por eso no las alcanzo a ver, vete tú a saber. El caso es que estoy observando desde hace días si se rasca y cada cuánto, y lo voy apuntando para luego contárselo al resto de miembros del club. Igual aún no está infectada del todo porque no se rasca demasiado. Ella no trabaja en la misma empresa que mi padre, así que por eso creo que puede no tener pulgas. Sería raro tener una madre con pulgas. Igual tendríamos que mudarnos de barrio a una casa alejada para no pegárselas a nadie más.

Mañana tenemos reunión todos los del club y decidiremos los ingredientes para el antídoto anti pulgas. Luego lo haremos y le meteré un frasquito en la bolsa de la comida a mi padre para que no se olvide de llevársela y echársela a su jefe cuando no se dé cuenta. A mi madre le echaré en la cama. También a mi padre que, como está rodeado de tanta gente infectada, igual está cogiéndolas. Yo también me mojaré un poco el pelo, por si acaso.

martes, 29 de marzo de 2011

Mi primer día

Una semana antes de nacer yo, mi madre tuvo un accidente. Nada aparatoso, nada sangriento; un accidente de lo más tonto, casi un incidente que acabó mal. Tan mal, que mi madre sólo podía seguir con “vida” enganchada a una máquina. Le mantuvieron así el tiempo justo para que yo naciera; después de todo, yo estaba bien. Me alegro de que lo hicieran aunque supongo que no fue fácil para mi padre ni para mis abuelos. Decir que me acuerdo de algo de aquel momento, sería mentir. Mi psicólogo dice que todo aquello influyó en mi manera de ser y en los problemas que ahora tengo. También dice que mi padre es el causante de muchos de mis males. Yo sé que él no lo hizo conscientemente, después de todo, yo nací el mismo día en que desenchufaron a mi madre. Técnicamente no podría decirse que yo matara a mi madre, pero supongo que mi padre sintió como si yo fuera un recambio que no llegaba ni a cubrir la mitad de lo que perdía. Ese día ganó un hijo lloriqueante, pequeño, indefenso, dependiente… y perdió el gran amor de su vida. No puedo culparle por dejarme en brazos de la enfermera y no querer cogerme según nací. No le culpo por haber corrido a despedirse de mi madre, aunque ella ya no pudiera oírle hacía días. Durante esa eterna semana, mi padre no se separó de mi madre, a cada rato le cogía la mano y le hablaba, todo lo que decía se lo decía a ella. Dicen que otros niños reconocen la voz de sus padres o una canción determinada cuando ya están en este mundo. Yo no sabría qué decir, no querría ser indiscreto, estoy seguro de que en esos días mi padre le contaba a mi madre cosas que yo no debería saber. En cualquier caso, yo tengo mucho cariño a mi padre. Al final me cogió en brazos, no el primer día, pero sí al cabo de cierto tiempo. Mi abuela se ocupó de mí hasta que él se repuso lo suficiente, no puedo decir que me faltara de nada. Así fueron mis primeros días.

lunes, 2 de agosto de 2010

2 de agosto de 2010

María, hoy me he acordado de ti y no sabes cuánto. Estaba en el bar de siempre, el de la esquina de en frente de casa. A la sombra, que ya sabes tú bien cómo pega la solana a las cinco de la tarde por aquí... ¡arrimados a la pared y en fila india íbamos siempre, huyendo del sol! Pues eso, que te contaba que estaba ya a punto de irme a casa, haciendo lo de siempre; con mi vaso de leche manchada -el médico me quitó del café también, no sé qué más le queda por hacerme al muy...- y en eso que han llegado una pareja de jóvenes. Un chico y una chica, lo aclaro porque no sabes tú cómo han cambiado las cosas, te escandalizarías, mi vida. Se han sentado en la mesa de al lado y traían cara triste, pero no triste de discusión, ni triste de odio. ¿Te acuerdas los berrinches que teníamos tú y yo y cómo lo arreglábamos luego? Siento la misma emoción que entonces si lo pienso, rompiendo todas las normas, ahí estábamos tú y yo arreglando a cuerpo lo que no podíamos decirnos en palabras. Unos modernos, eso era lo que tú y yo éramos... Cómo echo de menos tu cuerpo María, daría lo que fuera por ser esos dos muchachos sentados en la terraza y arreglarlo todo a base de besos, abrazos y sudores. No creas tú que ganas me daban de hacérmelas de abuelo cebolleta, sentarme entre los dos y ver a qué narices jugaban los dos enamorados desperdiciando el tiempo. No lo he hecho pero, a cambio y por curiosidad, que ya sabes que yo curioso soy un rato, me he quedado un poco más; los pequeños placeres de la vida, qué va a hacer uno si no. Qué serios estaban, hablando cariacontecidos, a ratos llorando uno, a ratos el otro. Amor sí que había ahí, que yo lo he visto, y me fastidia haberme quedado sin saber qué les pasaba. He aguzado el aparatejo del oído pero nada, mañana mismo lo llevo a revisión para que me suban la sensibilidad y poder cotillear a gusto. Con tanto ruido de coches, de autobuses pasando, de niños gritando... me he perdido la mitad de la conversación. Viejo cotilla, me dirías si estuvieras, pero no estás y, además, que no, que no es verdad: yo no soy cotilla. Digamos que es interés por la raza humana, por los que nos rodean. Esos jovenzuelos necesitaban que alguien les dijera que se están equivocando, que si se quieren de verdad todo va a salir bien, que tiren para adelante con lo que sea. Ella ha empezado a llorar, de esas lloreras con hipo como las que te entraban a ti de vez en cuando, y se ha puesto las gafas de sol. Él parecía un niño chico cogiéndole la mano sin saber cómo consolarla. Ha apoyado su cabeza en su hombro y así han estado un buen rato, no te creas que ha sido cosa de nada; la muchacha no paraba de llorar parapetada en unas de esas gafas enormes que están tan de moda ahora. Me ha dado pena hasta a mí. Por ella y por el chico. Si me acuerdo la de "crisis" que pasamos tú y yo. Tanto nos queríamos que todo lo hacíamos a lo grande. Lo bueno y lo malo. Vaya malos momentos, vaya tormentas de hielo, de granizo, vaya lluvias... pero seguimos adelante. También tú te ponías las gafas, me acuerdo de cómo temblaba tu cuerpo cuando hipabas una y otra vez sin poder parar de llorar. Me acuerdo como si fuera hoy. Me ha recordado a ti y a mí y quería levantarme y decirles que no pasa nada, que todo va a ir bien, que lo van a solucionar. No sé por qué no lo he hecho. Quizás si lo hubiera hecho, ahora estarían juntos y felices de haber pasado el mal trago, más fuertes. No sé por qué, María, pero creo que estos dos tontos van a tirar la toalla. Era mucha la desesperación en su lloro, mucha la incomprensión en su cara. Me ha dado tanta pena; ella mirando a lo lejos al semáforo del final de la calle y él apoyado en su hombro, acariciando su mano... Ay, María, lo que daría yo por volver a acariciar tu mano. No sé ellos, pero yo seguro que acababa llevándote a la cama.

viernes, 20 de febrero de 2009

En des-sintonía con el mundo

Uno piensa que a las 3 de la mañana todo se puede hacer en una gran ciudad. Todo menos esconderse. "Chico, a esta hora la estación está cerrada y no hay autobuses", me dijo el taxista. "Me encuentro con alguien", contéste quedamente y mirando al frente. No iba a llorar. Busqué un lugar donde esconderme hasta las 6 de la mañana, intenté buscar un bar oscuro, un bar de barrio donde tomar una cerveza y poner mis ideas en orden, quitarme el malestar. No encontré ninguno, así que busqué una calle lo suficientemente poco transitada para no cruzarme con nadie a quien pudiera darle más pena de la que ya me daba yo a mí mismo, una noche de enero con un frío invernal y todo lo que tenía en ese momento metido en mi maleta. Imposible pasar desapercibido con el traqueteo de las ruedas por la acera. Me senté en unas escaleras detrás de una furgoneta y pensé pasar ahí la noche. "Es una ciudad grande, aquí nadie se sorprende por nada", pensé. A los cinco minutos vino su dueño y se llevó la furgoneta dejándome como desnudo ante el mundo. Como si alguien quisiera burlarse de mi absurda tristeza, empezó a pasar un grupo numeroso de jóvenes borrachos, alegres en la fase de la exaltación de la amistad. Y yo ahí, tristemente sentado, con los ojos llorosos y tiritando de frío. Les oí decir, sin hacer porque yo no oyera, la pena que daba. Tenían razón. Qué hacía yo en mi propia ciudad, con una maleta a cuestas en plena noche y sin saber a dónde ir. Nadie me había echado de ninguna parte. Más bien es como si yo quisiera huir, pero huir de qué. Después de una bronca monumental conmigo mismo, admití que mis cimientos, la base de mi vida, se estaba tambaleando. Admití lo que no quería, que los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano... para muestra un botón, ahí estaba yo sin saber a quién llamar... y también que llega un momento en que uno tiene que seguir su propio camino y, cuando lo hace, tiene que luchar contra aquellas personas que antes sustentaban su vida... "Esto es duro", pensé, "qué injusto es que cuando uno va encontrándose a sí mismo, tenga que pelear por ello con quien más quiere". No sé exactamente qué pasó para estar ahí justificándome ante todos por mis decisiones, explicando cada paso que daba. Me analicé en profundidad por ver si realmente es verdad lo que me dijeron "estás enfadado con el mundo, a saber por qué" y vi que no era así. Me sentí tan incomprendido que me entraron ganas de llorar ahí mismo, ahí en mi peldaño. ¿Es que no habían vivido conmigo mis últimos meses? Al final lloré suavemente, dejé caer las lágrimas como quisieron durante un rato. Me sentí acabado, me di pena a mí mismo, qué hay peor que esto. Quería llamar por teléfono y pedir perdón pero... no sabía por qué habría de pedir perdón, quizás por las maneras al marcharme, o por el tono de mi voz. Pero no sabría encontrar palabras para contarle por qué sé que no estoy enfadado con el mundo. Pediría perdón pero no por lo que ellos esperan y volveríamos al principio, volvería la rueda a girar desde el comienzo. Unos días buenos hasta que volviéramos a discutir por lo mismo: mi vida. "Es absurdo todo esto", me dije. Empiecé a sentir más frío y seguía tiritando, así que decidí salir de mi escondite y paseé durante un rato largo por mi calle circunstancial. De arriba abajo y de abajo arriba hasta que acumulé el calor suficiente para volver a mi peldaño y dejar atrás el traqueteo de la maleta. Sentí que en cualquier momento alguien saldría de alguna ventana y me tiraría agua con un cubo. Si eso hubiera pasado, habría sido el broche final, creo que me me habría reido histéricamente y habría liberado todo lo que llevaba rumiando toda la noche. Casi intenté hacer más ruido con la maleta pero Dios no me ayudó en esto. Seguía siendo un triste hombre pegado a una maleta. Ya eran las 4 de la madrugada. Ya no sentía ganas de llorar sino rabia de no poder transformar lo que sentía en palabras y no poder escribir en una hoja mi sentido de la justicia, mi visión de la amistad, mis bases de un amor incondicional. En el fondo era tan fácil como eso. Los pájaros aprenden a volar. Después todo, quizás sí tendría que darte la razón porque desenterré el hacha de guerra. Contra el mundo, mi mundo. Estuve dándole vueltas durante toda la noche y no logré entender por qué no somos felices, todos juntos.

martes, 3 de febrero de 2009

3 de febrero de 2009

Nadie está preparado para la muerte. Eso es, quizás, lo que más pueda echarte en cara.

¿Y ahora que hago yo? Claro que a ti ya qué te importa, estoy hablando al vacío, a saber dónde estarás. O igual me estás leyendo. Hubo un tiempo que, al morir tú, pensé que podías verme, que estabas en nuestro perro, en los pájaros, sentada al lado de mi cama... poco a poco supe que no eras tú pero, aún ahora, después de tantos años, me hace ilusión pensar que pueda ser así. Ahora... ahora es cuando me parece bonito pensarlo.

Tantos años han pasado desde... tu muerte, casi ni puedo escribirlo, aún me cuesta, ya me decías tú que era un sentimental y, por una vez, voy a darte la razón. La tienes, María, la perra gorda para ti. Pero aquí estoy, escribiéndote sabiendo que o estás detrás de mí leyendo por encima de mi hombro o no la leerás nunca. Ya sabes que a tu tumba no voy a llevártela, tendrás que venir tú aquí porque lo que es yo, ahí, no entro. Dicen que te ayuda a superarlo pero yo te imagino llena de gusanos y como un montón de huesos y, qué quieres que te diga, en la foto que te hice cuando fuimos a Sevilla estás mucho más favorecida. El humor no lo pierdo, ya ves... Es como cuando en el momento más tierno o más triste de la película hacía un chiste para no llorar... ¿te acuerdas?

Me enseñaste muchas cosas, me cambiaste la vida, niña. Y, de repente, te has ido... y yo no me he dado ni cuenta. Ahora me gustaría verte a ti siendo yo. Cómo harías. Cómo te enfrentarías a la muerte. A mí muerte. Tú que decías que... Yo siempre he pensado, y de esto hemos hablado tú y yo muchas veces, que es más fácil -de boquilla- la muerte de uno que la de un ser querido... Y tú decías que preferías mil veces ver morir a alguien que morir tú, que querer morir uno antes que el resto es de egoista. Tú y tus razonamientos. Aún sonrío cuando me acuerdo de ese día. Me hacías feliz, mi vida. Sí... creo que te lo dije una y mil veces. Gastamos el "te quiero" de tanto decírnoslo. No es eso lo que me pena. No, señor.

La muerte... maldita la vida... Ahora ya no sé si prefiero morir yo o que mueran los demás. Imagino que cuando llegue el momento de la verdad, vendrás a verme morir y te reirás cuando prefiera que muera tu cuñado antes que yo. Dame la mano entonces, tendré miedo. ¿Cómo es la cosa?

Si es que me trae de cabeza el temita de la muerte estos últimos días. No es un presentimiento... o eso creo. Sé qué personas harían que yo volviera a morir como aquel día... y Él las sabe también. No he sido todo lo bueno que debería. Eso es lo malo. El castigo. De todas esas personas, hay dos a las que no les digo jamás "te quiero" y lo hago con locura, tú sabes de qué hablo, pero es difícil. A ti también te costaba. Pero lo sigo sin entender; por más que lo intente no se lo puedo decir, es como si me hiciera parecer débil, ya ves tú qué tontería, ya no soy ningún niño. Me da miedo su muerte pero no se lo digo.

Qué pensamientos tan alegres para un día de verano, ¿eh? Será que me vuelvo mayor, jaja, si hasta me río solo. Sí, sí, lo que tú quieras, pero aquí estoy, a carta diaria, hay cosas que no cambian. A ver cuándo me mandas tú una. No sé si las podrás leer o no, pero conociendo lo curiosa que eres... que eras... seguro que harás lo posible. Nada podías dejar sin fisgar, que te crees que no me daba cuenta, María, pero es que yo, con todo lo que tú decías, soy más discreto que un mudo. Bien lo sabe Dios.

Todo esto no viene a que me quiera morir, al final todo es cuestión de tiempo supongo. Me sigue doliendo pero he aprendido a vivir con ello... sin ti. Qué se le va a hacer, tampoco me voy a tirar por un puente, imagínate qué desaguisado. Pero te echo de menos, eso sí, muchísimo. Cada día me acuerdo de ti y pienso en dónde estarás... y en muchas otras cosas.

Eso es lo que te echo en cara... Si es la muerte ajena o si es la mía propia, quiero saber qué pasa, a dónde vamos. Me agobia la idea de la muerte, ya lo sabes. Y me mata la curiosidad. Si se muere alguien a quien quiero me muero yo también, ésa es la sensación. Si me muero yo, quiero saber qué será de mí... si es que será algo.

lunes, 4 de febrero de 2008

Impresionante Lola

Sin palabras.

Para no perdérsela. Para repetir.

Seis clases de Baile en Seis semanas no es sólo una comedia. Te ríes pero también llegas a tener las lágrimas a punto de salir y cuando estás a un pasito de sacar el pañuelo, entonces destensan el ambiente y vuelves a sonreir. Como la vida.

Como si quisieran decirnos, todos tenemos desgracias y cada uno llevamos nuestra carga pero la vida son dos días, vívela. Como si quisieran decirnos, nunca es tarde para cambiar. Como si quisieran decirnos que siempre queda alguien.

Lola Herrera se supera y Juanjo Artero le acompaña -¡mucho más que acompañarle!-.

lunes, 16 de julio de 2007

16 de julio

Me siento en el sofá y espero. A mi edad las segundas oportunidades ya no existen; tengo casi 90 años y he agotado todo lo que la vida tenía para mí. Ahora sólo me queda esperar y pedir que no se alargue todo esto.

Siempre he sido un hombre vital, todo energía y con mil planes al mismo tiempo; el que arrastraba a mis amigos a salir, el que ayudaba a mis hijos cuando tenían problemas. El que consolaba a los nietos cuando les regañaban.

Ahora son ellos los que tienen que darme de comer, asearme por las mañanas y dormir conmigo por si acaso pasa algo durante la noche. Nunca pensé que lo diría pero tengo ganas de que todo termine.

Cuando vienen visitas a verme hablan de mí en tercera persona. Estoy ciego, no puedo andar bien desde la última caída y estoy bastante sordo, pero les entiendo. Me dicen que qué suerte tener la cabeza tan bien. Yo sonrío y asiento; es lo que esperan. No creo que quieran oír que preferiría morir, que hubiera sido mejor haberme quedado tonto cuando me golpeé la cabeza. Alguna vez lo digo y veo cómo mis hijos intentan animarme, pero qué dices papá, tú aún vas a darnos mucha guerra.

Eso es lo que doy: guerra. Ellos lo hacen con todo el cariño del mundo pero sé que para mí no hay vuelta atrás. He empezado la última cuenta atrás: la de mi vida.

Es duro verme a mí mismo todo el día sentado en el mismo sofá. Apenas distingo luces y sombras y me canso sólo de pensar que tengo que levantarme. No quiero apenar a mis hijos con estos pensamientos tan negros. Nadie quiere oírlos pero son reales y hay veces que no puedo más.

Cuanto más me atienden peor me siento. No lo hacen como una obligación pero me siento como una carga. Vienen a hablarme, me ayudan, me acompañan a dar el paseo de rigor cada hora para no atrofiarme -¿más?- pero me siento peor.

Tengo suerte; no estoy en un asilo ni mi familia ni los hijos de mis amigos se han olvidado de mí. Porque amigos ya no me quedan. Tengo suerte; he hecho todo lo que he querido. Igual la buena suerte se paga.


¿Éste va a ser el recuerdo que se lleven de mí mis nietos? ¿Mis hijos?

Quiero contarles que no siempre he sido un viejo apático y quejumbroso. Que también he tenido 15, 30, 40 años. Que también he ido al monte y me he ido de guateque. Vivo de mis recuerdos y veo en mi memoria una y otra vez cómo gané el trofeo de la universidad de atletismo. Ya no puedo correr, casi ni andar. Me da pena que mis hijos tengan que verme así.

Nunca pensé que lo diría. Nunca pensé que querría morirme algún día. No tengo miedo.

Ramón de Mielina

martes, 26 de junio de 2007

Érase una vez... (III)

Tal y como os lo cuento, un pasante trajo a mis oídos el último fragmento de la historia del príncipe oscuro y la muchacha encantada.

Estando de nuevo inmersa la muchacha en la monotonía, oyó muchas veces hablar del príncipe oscuro quien por aquellos lares, extraños para ella, parecía estar alcanzando una fama sólo achacada a los muertos.

Parecía la muchacha -cada vez más- una flor marchita. Si bien antes, aunque desencantada, lucía lozana y brillante, nadie se explicaba dónde quedó la muchacha linda de los ojos grandes y la sonrisa melancólica. Ni una triste mueca asomaba ya en su boca y ni un pestañeo arrancaba siquiera el viento de sus ojos.

Suspiraba aliviada cada vez que un día llegaba a su fin y se levantaba ansiosa esperando nuevas que rompieran la cotidianeidad en la que se movía desesperada. No lo admitía –qué mujer lo haría- pero esperaba ver al príncipe oscuro volver por ella. En sus sueños sentía el orgullo de saberle removiendo cielo y tierra buscándola. Quizá su silencio la salvó de la hoguera por bruja y adivina, costumbre bien común en aquellos tiempos.

Tal era su desvelo que un buen día despertó, no ansiosa como solía, sino decidida. Despidióse de su familia y partió dejando atrás la ciudad de su vida. Siempre negaría que fue ella la que salió en busca de una utopía; cómo ella -caminando y sin mapa- iba a encontrar al príncipe oscuro, sin saber siquiera dónde paraba aquel en ese instante. Confiaba ella en el amor sin estar segura de si lo era.

Mucho suponer sería el, sin saber, apostar por un encuentro fortuito. Más en cuestión de amores –o desamores- poca razón hace falta para que -amantes cegados- en acción entraran.

Quiso el azar que la fortuna les jugara una mala pasada. Mal momento eligió la muchacha y rápido en demasía acudió presto el príncipe a buscarla. Cruzáronse ambos en el camino. No esperaba la muchacha tan pronto encuentro ni el príncipe tan retrasado. Se vieron, se miraron y no se reconocieron.

No era el momento.

Triste o no, cierta o leyenda; aquí acaba la historia del príncipe oscuro y la muchacha desencantada.
Ramón de Mielina

viernes, 22 de junio de 2007

22 de junio...

Dicen que es cuestión de tiempo, pero yo sé que no es verdad porque cada día que pasa me acuerdo más de ti. Es mentira que el tiempo lo cure todo. Ahora estoy solo y me gustaría que estuvieras aquí para ver a nuestra primera nieta. Si la vieras... tiene tus ojos y tu sonrisa. Cada día salimos a dar un paseo y voy como decías siempre que iría: como un pavo real mirando a todos lados, orgulloso como un abuelo chocho. Como lo que soy, en realidad. Si estuvieras aquí, nos reiríamos pero seguro que tú también te empavonarías… Nada ha vuelto a ser igual. Al principio me dieron un margen y respetaron mi tristeza pero ya han pasado 3 años desde el accidente y ellos consideran que ya es tiempo más que suficiente. ¿Qué saben ellos? Esperan que esté feliz, que me ría como antes, que vuelva al club a echar la partida o que llame a la cuadrilla para salir a pasear. Ésa era mi vida contigo. No salgo tanto, sabes que eras tú la que me empujaba a tener tanta vida social. Me conoces, siempre he sido más de quedarme en casa y organizar algo en la terraza con los amigos. Nada de grandes jolgorios. Se empeñan en hacerme feliz. Soy feliz, en serio, pero no entienden que estoy incompleto, me siento incompleto. Sé que son jóvenes y no lo ven pero ésa era nuestra vida y no quiero seguirla solo; como si nada hubiera pasado. Íbamos a hacernos viejos juntos y el único que tiene arrugas soy yo. Tú continúas perfecta en la foto que puse en mi mesilla (¿sabes cuál te digo? La que te saqué en París hará unos 6 años… estabas impresionante, la luz no podía ser mejor y ese vestido…). Sigues igual de guapa que siempre y yo me voy haciendo más viejo cada vez. Te burlarías de mí si supieras que ahora llevo bastón. Sabes que nunca me han gustado los bastones pero, ahora, me miro en el espejo y me veo hasta elegante. ¡Fíjate que hasta estoy pensando en comprarme un sombrero de ala corta! Como los que llevaba tu padre... ¿te imaginas? María…

Ramón de Mielina

jueves, 21 de junio de 2007

La batalla

Al mirar por la ventana se veía hermoso el jardín, todo lleno de las flores y las plantas más dispares. Todo el mundo lo admiraba; no había persona que pasara a su lado que no se parara a verlo. Habían sido años recogiendo las flores más vistosas y las plantas más extrañas de todos los lugares del mundo.

Sin embargo, lo sentía vacío.

Quizá lo había llenado en exceso, sin otro criterio que el del avaricioso que lo quiere todo sin saber para qué. Vanidoso de él, que había perdido su linda parcela siguiendo sus ansias de ser admirado.

Recordó entonces su rosa, aquella que solía estar junto al camino que llevaba a la casa y que aguantó lluvia y frío, calor y ventiscas.

No hacía ahora sino sustituir las flores marchitas por otras o arrancar de cuajo las plantas secas.

¿Dónde estaba su rosa? Perdida entre la multitud ya no brillaba como antaño.

Sintió que se ahogaba, que le faltaba el aire. Molestaba a sus ojos tanto color y a sus oídos las exclamaciones de admiración de quienes al lado de su jardín pasaban. Corrió afuera y comenzó a arrancar cuanto encontraba a su paso.

Cansado ya, paró y miró alrededor con angustia; no la veía. Un jardín destrozado es lo que percibió en un primer vistazo.

Ahí estaba, junto al camino. Ya calmado, la regó y limpió los restos de la batalla a su alrededor. Cogió aire y volvió a la casa.

Ahora sí.

Ramón de Mielina

lunes, 11 de junio de 2007

Érase una vez... (II)

Por fragmentos esta historia del príncipe oscuro y la muchacha desencantada os he de ir relatando, según a mis viejos oídos vaya llegando.

El príncipe oscuro

Quedose el príncipe sumido en la más absoluta perplejidad. Si bien había presenciado el momento en primera persona, necesitaba palabras y algún hecho al que agarrarse. No fue un sueño, se decía –aunque lo pareciera-.

Puesto que la muchacha desencantada desapareció tan rápido como llegó, muchas veces se le antojaba producto de su imaginación. Habían pasado ya varios meses sin noticia alguna de su paradero; sus pesquisas hizo el príncipe oscuro desde aquella noche inacabada y fruto de ellas la sabía en la misma ciudad que abandonó en busca de aventuras tiempo atrás. Aunque nuevos y desconocidos caminos había tomado su vida desde aquel fugaz encuentro, no era capaz el príncipe de olvidarla.

Cada noche despertaba empapado mientras los lugareños eran testigos de sus desvelos. Era frecuente, según decían, verle asomado a la ventana de su alcoba, presa del insomnio y la soledad, antes del amanecer -cuando los labriegos salían a faenar a sus campos, rastrillos al hombro-.

Cuentan que temía el príncipe convertirse en protagonista de una de las innumerables historias que circulaban por la región puesto que, aún en vida, se acercaban curiosos los aldeanos al castillo. Circulaba el rumor de que el príncipe había muerto y de que, en las noches claras, se podía ver su sombra vagando por los alrededores.

Se creía el príncipe preso de una maldición ancestral que no le dejaría descansar en paz hasta hallar a la muchacha desencantada. Es la leyenda que, narrada de boca en boca, cuenta que el príncipe, a lomos de su mejor caballo, partió en busca de la muchacha.

Si la encontró o no, eso ya es otra historia.

Ramón de Mielina

domingo, 13 de mayo de 2007

Matar a Juan

Juan era el novio de mi prima. Era un tipo majo, de esos que se hacen simpáticos casi desde el primer día. Se integró de una manera muy natural y tan rápido que ni nos dimos cuenta del momento en que pasó a ser uno más.

Como pareja, mi prima y Juan eran una de esas que llamamos estables; sin demasiada pasión pero con mucho cariño, su relación –desde fuera- parecía una balsa de aceite. No les vimos nunca levantarse lavoz o discutir. Todos pensábamos que se casarían un día no muy lejano y estábamos contentos. Supongo que ellos también lo estarían aunque, ya os digo, no eran pareja de emociones extremas.

Un buen día apareció en nuestras vidas Carlos, el hijo de unos amigos de la familia de toda la vida. También Carlos era simpático, pero de otra manera. Si bien Juan fue aceptado como uno más sin pena ni gloria y todo estábamos contentos de que mi prima hubiera conocido a alguien tan “seguro”, por decirlo de alguna manera, con Carlos fue distinto. Desde el primer momento, no dejó a nadie indiferente.

Carlos arrasaba; tan pronto se tiraba al suelo para jugar con los perros como se disfrazaba para entretener a los primos más pequeños o hablaba con los abuelos como si sus historias de la guerra civil fuera lo que más le interesara del mundo. Todos le queríamos y, de repente, no supimos divertirnos sin Carlos. Cuando él no estaba todo parecía aburrido y en seguida buscábamos su compañía, nos peleábamos por su atención. Imaginaros toda la familia, como niños, peleándose porque un chaval de menos de 30 le hiciera caso.

Todos vimos con buenos ojos que Carlos y mi prima Mariana pasearan juntos y se entendieran tan bien. Al igual que todos, Mariana había caído seducida por Carlos y sus chistes, sus comentarios ingeniosos, su saber estar y su naturalidad con un punto de malicia que nos encantaba y hacía las delicias de los abuelos. La química entre ellos era total y Juan era un obstáculo. Había que matarle.

Mariana sin duda quería a Juan y se negaba a ver que, en realidad, era con Carlos con quien quería casarse. Mariana y Juan se casarían al final del verano y ya casi tenían todo listo, así que había que actuar rápido y sin que Mariana sospechara nada. Con la excusa de los preparativos, la familia al completo nos reuníamos sin la presencia de ellos dos y, por supuesto, tampoco de Carlos, quien no debía estar al corriente de nada. Nos volvimos locos y queríamos que Carlos pasara a formar parte de nuestra familia por encima de cualquier cosa. Urdimos un plan.

Me acuerdo de aquel día como si fuera hoy. Todos estábamos nerviosos; no éramos unos asesinos. No sé qué nos pasó y, tan pronto Juan dejó de forcejear y se resignó a su destino, volvió la cordura a nuestra cabezas. Pero ya era tarde. Había que buscar una coartada, esconder el cadáver , inventar una historia... No había tiempo para sentirse culpables. Al menos no en ese momento.

Tiramos el cadáver desde lo más alto de la montaña preferida de Juan, a la que solía ir a menudo, y organizamos en el pueblo su búsqueda, previamente adornada con lloros y frases de desesperación por nuestra parte. Mariana parecía estar en otro mundo; no acababa de entender qué es lo que estaba pasando. Carlos y ella participaron juntos en la búsqueda hasta que, por fin, cuatro días más tarde, dieron con él. Los buitres habían hecho su trabajo y ya nadie podría saber cómo había muerto realmente. Nadie sospechó y se dio todo por un desafortunado accidente.

Mariana, como era de esperar, buscó refugio en Carlos. Ayer se casaron y a las 4 de la tarde saldrán rumbo a Camboya, de luna de miel. La familia al completo nos volvimos a juntar después de la fiesta y renovamos también nuestros votos: los votos del silencio. No éramos unos asesinos. Ejercimos de dioses por un día y aún hoy pesa sobre nuestras conciencias. Pero Carlos es ya de nuestra familia.
Ramón de Mielina

jueves, 10 de mayo de 2007

Érase una vez...

Una noche, una muchacha desencantada huyó de los brazos de un príncipe oscuro. No se giró la muchacha, presa de sus miedos y desencantos, y el príncipe no recorrió pueblos con el zapato de cristal.

Cuentan por ahí que ambos, soñándose, pasaron la noche juntos y fue al despertar que los dos se supieron solos en sus alcobas. Pensando sus finales, lanzaron palomas: la muchacha desencantada buscando una respuesta; él buscando una razón. ¿Por qué fue?, se preguntó ella, ¿qué pasó?, pensaba él.

La historia dice que la muchacha había oído la leyenda del príncipe oscuro. Fue vista la muchacha dudar mientras huía y quienes fueron testigos de sus miedos dicen que, por un instante, eran dos en vez de una.

No hay un zapato de cristal que atestigüe esta historia, que bien puede ser un cuento, pero se dice que el príncipe partió hacia tierras lejanas y desconocidas mientras que la muchacha se quedó en la ciudad.

Quién sabe si volverían a verse, quizás en sueños, quizá por fin el desencanto abandonó a la muchacha, o puede que la leyenda del príncipe oscuro fuera tan solo parte de la cultura popular que la engrandece según la transmite de boca en boca.

En cualquier caso, ésta es la historia que yo sé y la que te cuento.

Ramón de Mielina

viernes, 4 de mayo de 2007

Lluvia

Días de otoño en que el mundo parece más bonito, en que te olvidas de los problemas, en los que el mundo es amigo tuyo.
Días de frío (grises, obscuros, feos) en que salir de casa es una odisea, en que nadie te alegra, en los que los suspiros se hacen dueños del aire.
Sol, dónde estás, sal de una vez. Vuelve aquí.
Podría esperar una y mil noches para verte. Abrir los ojos y ser tu luz lo primero que me salude por la mañana. Y sentirme feliz y sentirme lleno (y tu luz que me calienta).

Qué días son estos que hace tanto que no tengo.
No hablo de veranos de estación y no hablo de otoños de hojas secas y árboles amarillos. No hablo -tampoco hablo de esto- de nieve.

Un acantilado con sus rocas, con su espuma embravecida, con su viento silbeante, con sus nubes a punto de llorar.

Una lluvia que me empape, que no me deje quedarme seco de nada, siempre mojado, siempre empapado recogiéndolo todo. Todo. Nada.
Mójame tú, lluvia.


Ramón de Mielina

jueves, 26 de abril de 2007

GENERACIÓN ERASMUS

Viven en un mundo irreal, con todas las comodidades, viviendo una “aventura” en un país diferente con gente distinta a ellos, conviviendo con otras culturas, otros idiomas.

Mundo irreal y engañoso. Mundo de bolas de algodón que les protege de la realidad.

Aprenden un idioma, obtienen numerosas experiencias que de otra manera no habrían tenido y todo subvencionado por sus padres. Viven un año a cuerpo de rey entregados a la juerga continua amparados en la máxima “Erasmus es una experiencia única”.

Fiestas, viajes, poco o nada de estudio... Pero es un mundo temporal, creado para ellos, una burbuja en las que durante un año vivirán rodeados de un ambiente único e irrepetible. Muchos cuando, al cabo de eso año son expulsados del “paraíso”, intentan volver a él. Pero es imposible. Es el mundo de los estudiantes Erasmus, es un mundo que al terminar el año explota para aquellos que salen de él. No es posible volver a entrar.

Son los expulsados del “Edén” los que engrosan las listas de espera de las becas tipo Leonardo Da Vinci, Icex... son los expulsados los que cuando vuelven al nido paterno son una bomba de relojería y no aceptan las nuevas normas, esas que acataron antes de su “aventura” sin problema alguno. Su antigua sociedad, sus antiguos planes, los que les hacían pasar buenos ratos con sus amigos... todo esto les resulta aburrido y carente de interés. Buscan seguir con la “buena vida Erasmus”. Trabajar a salto de mata, viajar, financiarse con becas...

Lo reconozco: YO HE SIDO ESTUDIANTE ERASMUS. Yo me he tirado un año sin hacer nada más que salir de fiesta, aprender un idioma a medias y trabajar para poder viajar. Y yo he vuelto también y he visto gris lo que antes veía rosa. Y yo también he sido becario Leonardo y he vuelto a vivir mi segundo Erasmus como expulsado del Paraíso, intentando recordar las vacas gordas.

Y yo estoy ahora pensando en viajar, en no tener la misma vida aburrida e insulsa que tiene mi vecina, que tiene el panadero de debajo de mi casa. No quiero ir todos los días a jugar una partida de cartas al bar, no quiero estar todos los domingos en el mismo bar de pintxos. No quiero casarme y tener hijos a los 27 años. No quiero ser indefinido en ninguna empresa.


Quiero viajar, conocer todo lo que pueda ahora que soy libre, ahora que no tengo una casa que pagar, ni un coche ni una familia que mantener. Ahora que soy yo solo y puedo ser tan egoísta como para irme a donde quiera, como para trabajar para mí.

Ramón de Mielina

viernes, 13 de abril de 2007

porque hay cosas que no se olvidan -y yo no quiero olvidar-.

porque el pasado no siempre lo es -y las agujas siguen dando vueltas en contra de mi voluntad-.

porque todo cambia -y mi cabeza sigue girada-.

porque parece que se va a mover -¿se moverá?-.

porque sí. porque soy así.