domingo, 29 de enero de 2012
Joe Black o la Muerte nunca fue tan paciente
sábado, 28 de enero de 2012
Lily Allen
Si sólo escucho sus canciones, me gusta. Me gusta mucho. Gran artista. Si la veo a ella, me parece una chiquilla, buena, buenísima voz la suya, que no se cree que esté ahí subida al podium de la fama. Si bien es verdad que en los últimos tiempos sus asesores han hecho una grandísimo trabajo con ella, no deja de parecerme una de esas chicas que en el colegio llevaba gafas, aparato, tenía granos y era poco popular... y que, con mucho tesón, rabia y trabajo, ha conseguido dar la vuelta a la tortilla para entrar en el club de las populares.
Sintiéndolo mucho, Lily, para mí sigues siendo esa pringada-pero-buena-persona del colegio. Aunque te rodees de gente chic, aunque lleves tacones de vértigo, seas imagen de grandes firmas o poses poniendo morritos a la cámara... A mí no me engañas: tú no eres guay. Y eso es lo que me gusta de ti.
No sé nada de tu vida y, si me preguntas, tampoco sabría decir el título de dos canciones tuyas... pero te acabo de ver en la TV, en un videoclip vaquero vestida con un mono blanco... y me has vuelto a gustar.
viernes, 27 de enero de 2012
Las Amistades Peligrosas de Stephen Frears
Probablemente una de las mejores películas que haya visto últimamente. Mejor que la sobrevalorada "Los Descendientes", mejor que "Drive"... ¡una película del 88! Contaba yo con 8 años cuando Stephen Frears juntó a un elenco de lujo para realizar una obra maestra como es "Las Amistades Peligrosas".
La ya por aquel entonces maestría de Glenn Close, la versatilidad de John Malkovich, unos jovencísimos Keanu Reeves y Uma Thurman... Crueldad, manipulación, inocencias maleadas... La vida misma, por ello emocionante drama, porque es un drama en toda regla.
Todos tenemos, o somos, una Glenn Close y un Malkovich alrededor. Todos hemos sido un poco Michelle Pfeiffer en alguna ocasión o, al menos, lo hemos intentado. Todos fuimos un Keanu Reeves una vez. Los cuentos de hadas no existen. Así es la vida, parece querer decirnos Frears.
Nunca es tarde para ver y aprender. Pasen y vean... Las Amistades Peligrosas, 1988.
lunes, 23 de enero de 2012
Querida Matilde
miércoles, 20 de abril de 2011
LA PLAGA
martes, 29 de marzo de 2011
Mi primer día
lunes, 2 de agosto de 2010
2 de agosto de 2010
viernes, 20 de febrero de 2009
En des-sintonía con el mundo
martes, 3 de febrero de 2009
3 de febrero de 2009
¿Y ahora que hago yo? Claro que a ti ya qué te importa, estoy hablando al vacío, a saber dónde estarás. O igual me estás leyendo. Hubo un tiempo que, al morir tú, pensé que podías verme, que estabas en nuestro perro, en los pájaros, sentada al lado de mi cama... poco a poco supe que no eras tú pero, aún ahora, después de tantos años, me hace ilusión pensar que pueda ser así. Ahora... ahora es cuando me parece bonito pensarlo.
Tantos años han pasado desde... tu muerte, casi ni puedo escribirlo, aún me cuesta, ya me decías tú que era un sentimental y, por una vez, voy a darte la razón. La tienes, María, la perra gorda para ti. Pero aquí estoy, escribiéndote sabiendo que o estás detrás de mí leyendo por encima de mi hombro o no la leerás nunca. Ya sabes que a tu tumba no voy a llevártela, tendrás que venir tú aquí porque lo que es yo, ahí, no entro. Dicen que te ayuda a superarlo pero yo te imagino llena de gusanos y como un montón de huesos y, qué quieres que te diga, en la foto que te hice cuando fuimos a Sevilla estás mucho más favorecida. El humor no lo pierdo, ya ves... Es como cuando en el momento más tierno o más triste de la película hacía un chiste para no llorar... ¿te acuerdas?
Me enseñaste muchas cosas, me cambiaste la vida, niña. Y, de repente, te has ido... y yo no me he dado ni cuenta. Ahora me gustaría verte a ti siendo yo. Cómo harías. Cómo te enfrentarías a la muerte. A mí muerte. Tú que decías que... Yo siempre he pensado, y de esto hemos hablado tú y yo muchas veces, que es más fácil -de boquilla- la muerte de uno que la de un ser querido... Y tú decías que preferías mil veces ver morir a alguien que morir tú, que querer morir uno antes que el resto es de egoista. Tú y tus razonamientos. Aún sonrío cuando me acuerdo de ese día. Me hacías feliz, mi vida. Sí... creo que te lo dije una y mil veces. Gastamos el "te quiero" de tanto decírnoslo. No es eso lo que me pena. No, señor.
La muerte... maldita la vida... Ahora ya no sé si prefiero morir yo o que mueran los demás. Imagino que cuando llegue el momento de la verdad, vendrás a verme morir y te reirás cuando prefiera que muera tu cuñado antes que yo. Dame la mano entonces, tendré miedo. ¿Cómo es la cosa?
Si es que me trae de cabeza el temita de la muerte estos últimos días. No es un presentimiento... o eso creo. Sé qué personas harían que yo volviera a morir como aquel día... y Él las sabe también. No he sido todo lo bueno que debería. Eso es lo malo. El castigo. De todas esas personas, hay dos a las que no les digo jamás "te quiero" y lo hago con locura, tú sabes de qué hablo, pero es difícil. A ti también te costaba. Pero lo sigo sin entender; por más que lo intente no se lo puedo decir, es como si me hiciera parecer débil, ya ves tú qué tontería, ya no soy ningún niño. Me da miedo su muerte pero no se lo digo.
Qué pensamientos tan alegres para un día de verano, ¿eh? Será que me vuelvo mayor, jaja, si hasta me río solo. Sí, sí, lo que tú quieras, pero aquí estoy, a carta diaria, hay cosas que no cambian. A ver cuándo me mandas tú una. No sé si las podrás leer o no, pero conociendo lo curiosa que eres... que eras... seguro que harás lo posible. Nada podías dejar sin fisgar, que te crees que no me daba cuenta, María, pero es que yo, con todo lo que tú decías, soy más discreto que un mudo. Bien lo sabe Dios.
Todo esto no viene a que me quiera morir, al final todo es cuestión de tiempo supongo. Me sigue doliendo pero he aprendido a vivir con ello... sin ti. Qué se le va a hacer, tampoco me voy a tirar por un puente, imagínate qué desaguisado. Pero te echo de menos, eso sí, muchísimo. Cada día me acuerdo de ti y pienso en dónde estarás... y en muchas otras cosas.
Eso es lo que te echo en cara... Si es la muerte ajena o si es la mía propia, quiero saber qué pasa, a dónde vamos. Me agobia la idea de la muerte, ya lo sabes. Y me mata la curiosidad. Si se muere alguien a quien quiero me muero yo también, ésa es la sensación. Si me muero yo, quiero saber qué será de mí... si es que será algo.
lunes, 4 de febrero de 2008
Impresionante Lola
Sin palabras.Para no perdérsela. Para repetir.
Seis clases de Baile en Seis semanas no es sólo una comedia. Te ríes pero también llegas a tener las lágrimas a punto de salir y cuando estás a un pasito de sacar el pañuelo, entonces destensan el ambiente y vuelves a sonreir. Como la vida.
Como si quisieran decirnos, todos tenemos desgracias y cada uno llevamos nuestra carga pero la vida son dos días, vívela. Como si quisieran decirnos, nunca es tarde para cambiar. Como si quisieran decirnos que siempre queda alguien.
Lola Herrera se supera y Juanjo Artero le acompaña -¡mucho más que acompañarle!-.
lunes, 16 de julio de 2007
16 de julio
Siempre he sido un hombre vital, todo energía y con mil planes al mismo tiempo; el que arrastraba a mis amigos a salir, el que ayudaba a mis hijos cuando tenían problemas. El que consolaba a los nietos cuando les regañaban.
Ahora son ellos los que tienen que darme de comer, asearme por las mañanas y dormir conmigo por si acaso pasa algo durante la noche. Nunca pensé que lo diría pero tengo ganas de que todo termine.
Cuando vienen visitas a verme hablan de mí en tercera persona. Estoy ciego, no puedo andar bien desde la última caída y estoy bastante sordo, pero les entiendo. Me dicen que qué suerte tener la cabeza tan bien. Yo sonrío y asiento; es lo que esperan. No creo que quieran oír que preferiría morir, que hubiera sido mejor haberme quedado tonto cuando me golpeé la cabeza. Alguna vez lo digo y veo cómo mis hijos intentan animarme, pero qué dices papá, tú aún vas a darnos mucha guerra.
Eso es lo que doy: guerra. Ellos lo hacen con todo el cariño del mundo pero sé que para mí no hay vuelta atrás. He empezado la última cuenta atrás: la de mi vida.
Es duro verme a mí mismo todo el día sentado en el mismo sofá. Apenas distingo luces y sombras y me canso sólo de pensar que tengo que levantarme. No quiero apenar a mis hijos con estos pensamientos tan negros. Nadie quiere oírlos pero son reales y hay veces que no puedo más.
Cuanto más me atienden peor me siento. No lo hacen como una obligación pero me siento como una carga. Vienen a hablarme, me ayudan, me acompañan a dar el paseo de rigor cada hora para no atrofiarme -¿más?- pero me siento peor.
Tengo suerte; no estoy en un asilo ni mi familia ni los hijos de mis amigos se han olvidado de mí. Porque amigos ya no me quedan. Tengo suerte; he hecho todo lo que he querido. Igual la buena suerte se paga.
¿Éste va a ser el recuerdo que se lleven de mí mis nietos? ¿Mis hijos?
Quiero contarles que no siempre he sido un viejo apático y quejumbroso. Que también he tenido 15, 30, 40 años. Que también he ido al monte y me he ido de guateque. Vivo de mis recuerdos y veo en mi memoria una y otra vez cómo gané el trofeo de la universidad de atletismo. Ya no puedo correr, casi ni andar. Me da pena que mis hijos tengan que verme así.
Nunca pensé que lo diría. Nunca pensé que querría morirme algún día. No tengo miedo.
martes, 26 de junio de 2007
Érase una vez... (III)
Estando de nuevo inmersa la muchacha en la monotonía, oyó muchas veces hablar del príncipe oscuro quien por aquellos lares, extraños para ella, parecía estar alcanzando una fama sólo achacada a los muertos.
Parecía la muchacha -cada vez más- una flor marchita. Si bien antes, aunque desencantada, lucía lozana y brillante, nadie se explicaba dónde quedó la muchacha linda de los ojos grandes y la sonrisa melancólica. Ni una triste mueca asomaba ya en su boca y ni un pestañeo arrancaba siquiera el viento de sus ojos.
Suspiraba aliviada cada vez que un día llegaba a su fin y se levantaba ansiosa esperando nuevas que rompieran la cotidianeidad en la que se movía desesperada. No lo admitía –qué mujer lo haría- pero esperaba ver al príncipe oscuro volver por ella. En sus sueños sentía el orgullo de saberle removiendo cielo y tierra buscándola. Quizá su silencio la salvó de la hoguera por bruja y adivina, costumbre bien común en aquellos tiempos.
Tal era su desvelo que un buen día despertó, no ansiosa como solía, sino decidida. Despidióse de su familia y partió dejando atrás la ciudad de su vida. Siempre negaría que fue ella la que salió en busca de una utopía; cómo ella -caminando y sin mapa- iba a encontrar al príncipe oscuro, sin saber siquiera dónde paraba aquel en ese instante. Confiaba ella en el amor sin estar segura de si lo era.
Mucho suponer sería el, sin saber, apostar por un encuentro fortuito. Más en cuestión de amores –o desamores- poca razón hace falta para que -amantes cegados- en acción entraran.
Quiso el azar que la fortuna les jugara una mala pasada. Mal momento eligió la muchacha y rápido en demasía acudió presto el príncipe a buscarla. Cruzáronse ambos en el camino. No esperaba la muchacha tan pronto encuentro ni el príncipe tan retrasado. Se vieron, se miraron y no se reconocieron.
No era el momento.
viernes, 22 de junio de 2007
22 de junio...
jueves, 21 de junio de 2007
La batalla
Al mirar por la ventana se veía hermoso el jardín, todo lleno de las flores y las plantas más dispares. Todo el mundo lo admiraba; no había persona que pasara a su lado que no se parara a verlo. Habían sido años recogiendo las flores más vistosas y las plantas más extrañas de todos los lugares del mundo.
Sin embargo, lo sentía vacío.
Quizá lo había llenado en exceso, sin otro criterio que el del avaricioso que lo quiere todo sin saber para qué. Vanidoso de él, que había perdido su linda parcela siguiendo sus ansias de ser admirado.
Recordó entonces su rosa, aquella que solía estar junto al camino que llevaba a la casa y que aguantó lluvia y frío, calor y ventiscas.
No hacía ahora sino sustituir las flores marchitas por otras o arrancar de cuajo las plantas secas.
¿Dónde estaba su rosa? Perdida entre la multitud ya no brillaba como antaño.
Sintió que se ahogaba, que le faltaba el aire. Molestaba a sus ojos tanto color y a sus oídos las exclamaciones de admiración de quienes al lado de su jardín pasaban. Corrió afuera y comenzó a arrancar cuanto encontraba a su paso.
Cansado ya, paró y miró alrededor con angustia; no la veía. Un jardín destrozado es lo que percibió en un primer vistazo.
Ahí estaba, junto al camino. Ya calmado, la regó y limpió los restos de la batalla a su alrededor. Cogió aire y volvió a la casa.
Ahora sí.
Ramón de Mielina
lunes, 11 de junio de 2007
Érase una vez... (II)
El príncipe oscuro
Quedose el príncipe sumido en la más absoluta perplejidad. Si bien había presenciado el momento en primera persona, necesitaba palabras y algún hecho al que agarrarse. No fue un sueño, se decía –aunque lo pareciera-.
Puesto que la muchacha desencantada desapareció tan rápido como llegó, muchas veces se le antojaba producto de su imaginación. Habían pasado ya varios meses sin noticia alguna de su paradero; sus pesquisas hizo el príncipe oscuro desde aquella noche inacabada y fruto de ellas la sabía en la misma ciudad que abandonó en busca de aventuras tiempo atrás. Aunque nuevos y desconocidos caminos había tomado su vida desde aquel fugaz encuentro, no era capaz el príncipe de olvidarla.
Cada noche despertaba empapado mientras los lugareños eran testigos de sus desvelos. Era frecuente, según decían, verle asomado a la ventana de su alcoba, presa del insomnio y la soledad, antes del amanecer -cuando los labriegos salían a faenar a sus campos, rastrillos al hombro-.
Cuentan que temía el príncipe convertirse en protagonista de una de las innumerables historias que circulaban por la región puesto que, aún en vida, se acercaban curiosos los aldeanos al castillo. Circulaba el rumor de que el príncipe había muerto y de que, en las noches claras, se podía ver su sombra vagando por los alrededores.
Se creía el príncipe preso de una maldición ancestral que no le dejaría descansar en paz hasta hallar a la muchacha desencantada. Es la leyenda que, narrada de boca en boca, cuenta que el príncipe, a lomos de su mejor caballo, partió en busca de la muchacha.
Si la encontró o no, eso ya es otra historia.
domingo, 13 de mayo de 2007
Matar a Juan
Como pareja, mi prima y Juan eran una de esas que llamamos estables; sin demasiada pasión pero con mucho cariño, su relación –desde fuera- parecía una balsa de aceite. No les vimos nunca levantarse lavoz o discutir. Todos pensábamos que se casarían un día no muy lejano y estábamos contentos. Supongo que ellos también lo estarían aunque, ya os digo, no eran pareja de emociones extremas.
Un buen día apareció en nuestras vidas Carlos, el hijo de unos amigos de la familia de toda la vida. También Carlos era simpático, pero de otra manera. Si bien Juan fue aceptado como uno más sin pena ni gloria y todo estábamos contentos de que mi prima hubiera conocido a alguien tan “seguro”, por decirlo de alguna manera, con Carlos fue distinto. Desde el primer momento, no dejó a nadie indiferente.
Carlos arrasaba; tan pronto se tiraba al suelo para jugar con los perros como se disfrazaba para entretener a los primos más pequeños o hablaba con los abuelos como si sus historias de la guerra civil fuera lo que más le interesara del mundo. Todos le queríamos y, de repente, no supimos divertirnos sin Carlos. Cuando él no estaba todo parecía aburrido y en seguida buscábamos su compañía, nos peleábamos por su atención. Imaginaros toda la familia, como niños, peleándose porque un chaval de menos de 30 le hiciera caso.
Todos vimos con buenos ojos que Carlos y mi prima Mariana pasearan juntos y se entendieran tan bien. Al igual que todos, Mariana había caído seducida por Carlos y sus chistes, sus comentarios ingeniosos, su saber estar y su naturalidad con un punto de malicia que nos encantaba y hacía las delicias de los abuelos. La química entre ellos era total y Juan era un obstáculo. Había que matarle.
Mariana sin duda quería a Juan y se negaba a ver que, en realidad, era con Carlos con quien quería casarse. Mariana y Juan se casarían al final del verano y ya casi tenían todo listo, así que había que actuar rápido y sin que Mariana sospechara nada. Con la excusa de los preparativos, la familia al completo nos reuníamos sin la presencia de ellos dos y, por supuesto, tampoco de Carlos, quien no debía estar al corriente de nada. Nos volvimos locos y queríamos que Carlos pasara a formar parte de nuestra familia por encima de cualquier cosa. Urdimos un plan.
Me acuerdo de aquel día como si fuera hoy. Todos estábamos nerviosos; no éramos unos asesinos. No sé qué nos pasó y, tan pronto Juan dejó de forcejear y se resignó a su destino, volvió la cordura a nuestra cabezas. Pero ya era tarde. Había que buscar una coartada, esconder el cadáver , inventar una historia... No había tiempo para sentirse culpables. Al menos no en ese momento.
Tiramos el cadáver desde lo más alto de la montaña preferida de Juan, a la que solía ir a menudo, y organizamos en el pueblo su búsqueda, previamente adornada con lloros y frases de desesperación por nuestra parte. Mariana parecía estar en otro mundo; no acababa de entender qué es lo que estaba pasando. Carlos y ella participaron juntos en la búsqueda hasta que, por fin, cuatro días más tarde, dieron con él. Los buitres habían hecho su trabajo y ya nadie podría saber cómo había muerto realmente. Nadie sospechó y se dio todo por un desafortunado accidente.
Mariana, como era de esperar, buscó refugio en Carlos. Ayer se casaron y a las 4 de la tarde saldrán rumbo a Camboya, de luna de miel. La familia al completo nos volvimos a juntar después de la fiesta y renovamos también nuestros votos: los votos del silencio. No éramos unos asesinos. Ejercimos de dioses por un día y aún hoy pesa sobre nuestras conciencias. Pero Carlos es ya de nuestra familia.
jueves, 10 de mayo de 2007
Érase una vez...
Una noche, una muchacha desencantada huyó de los brazos de un príncipe oscuro. No se giró la muchacha, presa de sus miedos y desencantos, y el príncipe no recorrió pueblos con el zapato de cristal.
Cuentan por ahí que ambos, soñándose, pasaron la noche juntos y fue al despertar que los dos se supieron solos en sus alcobas. Pensando sus finales, lanzaron palomas: la muchacha desencantada buscando una respuesta; él buscando una razón. ¿Por qué fue?, se preguntó ella, ¿qué pasó?, pensaba él.
La historia dice que la muchacha había oído la leyenda del príncipe oscuro. Fue vista la muchacha dudar mientras huía y quienes fueron testigos de sus miedos dicen que, por un instante, eran dos en vez de una.
No hay un zapato de cristal que atestigüe esta historia, que bien puede ser un cuento, pero se dice que el príncipe partió hacia tierras lejanas y desconocidas mientras que la muchacha se quedó en la ciudad.
Quién sabe si volverían a verse, quizás en sueños, quizá por fin el desencanto abandonó a la muchacha, o puede que la leyenda del príncipe oscuro fuera tan solo parte de la cultura popular que la engrandece según la transmite de boca en boca.
En cualquier caso, ésta es la historia que yo sé y la que te cuento.
viernes, 4 de mayo de 2007
Lluvia
Días de otoño en que el mundo parece más bonito, en que te olvidas de los problemas, en los que el mundo es amigo tuyo. Días de frío (grises, obscuros, feos) en que salir de casa es una odisea, en que nadie te alegra, en los que los suspiros se hacen dueños del aire.
Sol, dónde estás, sal de una vez. Vuelve aquí.
Podría esperar una y mil noches para verte. Abrir los ojos y ser tu luz lo primero que me salude por la mañana. Y sentirme feliz y sentirme lleno (y tu luz que me calienta).
Qué días son estos que hace tanto que no tengo.
No hablo de veranos de estación y no hablo de otoños de hojas secas y árboles amarillos. No hablo -tampoco hablo de esto- de nieve.
Un acantilado con sus rocas, con su espuma embravecida, con su viento silbeante, con sus nubes a punto de llorar.
Una lluvia que me empape, que no me deje quedarme seco de nada, siempre mojado, siempre empapado recogiéndolo todo. Todo. Nada.
Mójame tú, lluvia.
jueves, 26 de abril de 2007
GENERACIÓN ERASMUS
Mundo irreal y engañoso. Mundo de bolas de algodón que les protege de la realidad.
Aprenden un idioma, obtienen numerosas experiencias que de otra manera no habrían tenido y todo subvencionado por sus padres. Viven un año a cuerpo de rey entregados a la juerga continua amparados en la máxima “Erasmus es una experiencia única”.
Fiestas, viajes, poco o nada de estudio... Pero es un mundo temporal, creado para ellos, una burbuja en las que durante un año vivirán rodeados de un ambiente único e irrepetible. Muchos cuando, al cabo de eso año son expulsados del “paraíso”, intentan volver a él. Pero es imposible. Es el mundo de los estudiantes Erasmus, es un mundo que al terminar el año explota para aquellos que salen de él. No es posible volver a entrar.
Son los expulsados del “Edén” los que engrosan las listas de espera de las becas tipo Leonardo Da Vinci, Icex... son los expulsados los que cuando vuelven al nido paterno son una bomba de relojería y no aceptan las nuevas normas, esas que acataron antes de su “aventura” sin problema alguno. Su antigua sociedad, sus antiguos planes, los que les hacían pasar buenos ratos con sus amigos... todo esto les resulta aburrido y carente de interés. Buscan seguir con la “buena vida Erasmus”. Trabajar a salto de mata, viajar, financiarse con becas...
Lo reconozco: YO HE SIDO ESTUDIANTE ERASMUS. Yo me he tirado un año sin hacer nada más que salir de fiesta, aprender un idioma a medias y trabajar para poder viajar. Y yo he vuelto también y he visto gris lo que antes veía rosa. Y yo también he sido becario Leonardo y he vuelto a vivir mi segundo Erasmus como expulsado del Paraíso, intentando recordar las vacas gordas.
Y yo estoy ahora pensando en viajar, en no tener la misma vida aburrida e insulsa que tiene mi vecina, que tiene el panadero de debajo de mi casa. No quiero ir todos los días a jugar una partida de cartas al bar, no quiero estar todos los domingos en el mismo bar de pintxos. No quiero casarme y tener hijos a los 27 años. No quiero ser indefinido en ninguna empresa.
Quiero viajar, conocer todo lo que pueda ahora que soy libre, ahora que no tengo una casa que pagar, ni un coche ni una familia que mantener. Ahora que soy yo solo y puedo ser tan egoísta como para irme a donde quiera, como para trabajar para mí.
viernes, 13 de abril de 2007
porque hay cosas que no se olvidan -y yo no quiero olvidar-.porque el pasado no siempre lo es -y las agujas siguen dando vueltas en contra de mi voluntad-.
porque todo cambia -y mi cabeza sigue girada-.
porque parece que se va a mover -¿se moverá?-.
porque sí. porque soy así.




