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viernes, 11 de febrero de 2011
Tailandia
Tailandia me ha enseñado muchas cosas. He descubierto que los dedos pequeños de mis pies son indestructibles. En breve, "Ramón de Mielina en Siam", con fotos y textos explicativos.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
lunes, 22 de noviembre de 2010
martes, 16 de noviembre de 2010
lunes, 7 de junio de 2010
viernes, 7 de mayo de 2010
lunes, 29 de marzo de 2010
miércoles, 24 de marzo de 2010
martes, 23 de marzo de 2010
lunes, 22 de marzo de 2010
Rompiendo la maldición
He conseguido ir a París. Puede que tenga que pagar por ello pero, como dice el refrán... ¡A la tercera va la vencida! En breve, fotos.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Aventuras italianas
EL PEDORRO
Siempre me he preguntado qué enfermedad es la que hace que los aeropuertos parezcan un hervidero a las 6 de la mañana. Ahora ya lo sé, los pringados como yo que acarrean sus maletas y las bolsas de sus ojos mientras arrastran los pies perdidos en un mar de luces y demasiada claridad para horas tan tempranas. Así iba yo esta mañana por la nueva terminal del aeropuerto de El Prat. Nadie pensó en nosotros, los recién levantados, apenas sin energía ni café en las venas que nos haga soportar tanta lucecita puteona. He de reconocerlo; si no consigue despertarte ya nada lo hará, o bien despierta tus más bajos instintos, lo que contribuye a crear esa “mágica” atmósfera de buen rollo tan común en los aeropuertos. (Aprovecho para cagarme en la madre que parió al que ideó la terminal nueva de Barcelona, los suplementos extras de los taxis para llegar hasta allí y los dos buses cada hora que unen ambas terminales).
Me voy por los cerros de Úbeda. A lo que iba. Mi primera vez volando con Alitalia y mi primera vez en Turín. Experiencias ambas cuando menos curiosas.
Entrar en el avión de Alitalia ha sido una regresión en el tiempo. De repente me he encontrado con un estrecho pasillo y unos asientos forrados de verde aceituna al más puro estilo “Cuéntame”. Un mini avión que a duras penas conseguía escondernos su miedo, tembleque por aquí y por allá, miedoso él hasta que ha posado sus ruedas en el asfalto.
No éramos muchos los pasajeros, pero hete ahí que mi imán hacia los personajillos volvió a atraer a mí un nuevo espécimen. Un tipo rechoncho y con un moreno tirando a roñoso, pelo negro tipo tinte, sonrisa inexistente y ojos qué bien podrían ser los de un borrico. El buen hombre ocupaba su asiento y la mitad del otro, menos mal que uno bebió poca leche cuando era pequeño y no estiró todo lo que debía. Para empezar, el mamarracho quería quitarme la ventanilla, ni hablar del peluquín, dónde voy yo a echar una cabezadita si no (su hombro, ¡descartado!). Le hago levantarse y farfulla algo así como que él quería ventanilla. Claro, y yo una jirafa morada.
Me siento y empieza a darme palique el cazurro. Le sonrío con esa sonrisa que uno pone sabiendo que nadie se la cree. Ésa que dice lo que no dicen las palabras. Ésa con la que nada más verla debería hacerle callar. Sus ojos de borrico no le dejan ver más allá, sigue el tipo dale que te dale. Abro mi libro y nada. Dejo de contestarle y tampoco, igual era sordo (gordo ya lo era). Opto por girarme y mirar por la ventanilla y se ve que el hombre se quedó con ganas de ventana y de repente noto su aliento pestilento en mi nuca. Ahí estaba, asomado por encima de mi hombro; ahí estaba yo viendo uno de los amaneceres más bonitos con el botarate cual loro de colores posado en mí. Bonito amanecer, por cierto. He aprendido a abstraerme.
Ahí no acaba la cosa, el tarugo se tira un señor pedo, un pedo de los peores, de los que no suenan pero huelen a cuerno frito. No sólo uno sino dos, ¡estaba podrido el tío! Empiezo a echar colonia como un poseso y a hacer aspavientos; le entra un ataque de tos y me mira furibundo mi compañero. Le contesto de igual manera, diálogo de orangutanes midiendo fuerzas, espero que conociera la historia de David y Goliat. Finalmente le digo “¿pero tú no hueles mal, como si “alguien” se hubiera tirado un pedo?”, yo con la mano en la nariz intentando no aspirar su fabada del día anterior. Y va el pedorro y me dice, “sí, sale del aire acondicionado”. Más ancho que largo que se ha quedado. Debería haberle contado entonces lo de que los niños vienen de París traídos por una cigüeña y la historia de las abejitas y las flores. “No, es que “alguien” se ha tirado un pedo por aquí, muy cerca”. Se encoge de hombros y me pregunta a ver si dan café. Y yo qué narices sé, ¿tengo cara de azafato? Anda y váyase a cagar que buena falta le hace…
Aún así, el viaje mereció la pena, increíble amanecer. Me acordaba yo de lo que decía mi padre el otro día, el misterio de volar. En realidad, volar no es natural para los seres humanos. Es natural correr, incluso saltar, todo lo que vaya por tierra, pero volar… nosotros que nacimos desplumados y “des-alados” (así, con guión que si no parecemos sosos, aunque más de uno lo sea). Lo dicho, increíble saberse por encima de las nubes aún habiendo nacido para cultivar zanahorias y cazar liebres.
PRIMERAS IMPRESIONES DE TURÍN
En éstas que llego a Roma para hacer escala. Ni rastro de mi vuelo en ninguna de las pantallas. Pregunto a un tipo que tiene uno de esos coches en los que se traslada a los inválidos, cojos, ciegos y demás. Le pregunto y, de repente, me veo subido en esa especie de carrito de golf para lisiados, a toda leche camino de la B9 sin saber si ésa es mi puerta o no. Como en un atasco, “abuelaaaa, quítese que molesta”, “pero hombre, ¡¡ese carrito!!”. Entre bocinazo y bocinazo, llegamos y me deja ahí sorprendido y medio partido de la risa. Debería haberme hecho el cojo al bajar, he andado lento ahí. Esas cosas no me pasan a mí. Para solucionarlo, ahí estaba Murphy, mi colega el del buen rollo. La puerta había cambiado y ahora era la B26. Intento buscar a mi benefactor pero sólo quedaba una nube de polvo y un par de ancianos al borde del ataque al oír sus gritos.
Lo consigo. Me siento en el avión, respiro y, ahora sí, disfruto de un vuelo sin ningún pedorro a mi lado. Gloria bendita. Ahora soy yo el que tiene ganas de tirarse un señor pedo, poner cara de inocencia (tengo mi práctica) y decir que hay que revisar el aire acondicionado.
Turín, increíbles vistas ya desde el aeropuerto, con sus montañas recién nevadas, sus colores otoñales propios de revista de fotografía… ¡Llegué!
Cojo un taxi cuyo taxista parecía normal. En seguida empieza a hacer adelantamientos imposibles, a quemar la bocina ya ronca de tanto uso y a acordarse de la familia de todos los que le rodean. “Ma qué cosa” le oigo decir mientras suelta el volante para hacer ese gesto tan italiano que ha estado a punto de acabar con nuestras vidas. Casi veo la luz al final del túnel, me he acordado de cuando era pequeño, del colegio, de la universidad… todo en menos de 2 segundos. La muerte venía hacia nosotros. Creo que se lo enseñan en la autoescuela, ha tomado el control del coche de nuevo entre aspavientos, gritos y movimientos irrepetibles de manos y brazos, el hombre orquesta.
Me da tiempo a ver las vistas, por aquello de no pensar en que no quiero morir joven. Fijé mi mirada en el paisaje. Precioso.
Mi primer día en Turín y como en un restaurante que tiene buena pinta, en la que todos me dicen “¿español?” y luego se ríen. Me entran ganas de decirles "español sí, pero ni sevillano ni tonto", yo nunca he sido gracioso. Me dan el menú y pienso que pido rissotto de setas y carpaccio de buey y como rissotto de algo rosa tipo carne y algo morado tipo vegetal (que ni uno ni lo otro, las apariencias engañan) y carpaccio de pulpo. Pido un chocolate de postre, exactamente “como el café pero sólo chocolate”, y me acabo bebiendo un mitad café mitad chocolate con espuma.
Gran ciudad Turín, mañana iré a ver el centro. Andando. En bus. En autostop. Pero no en taxi.
Siempre me he preguntado qué enfermedad es la que hace que los aeropuertos parezcan un hervidero a las 6 de la mañana. Ahora ya lo sé, los pringados como yo que acarrean sus maletas y las bolsas de sus ojos mientras arrastran los pies perdidos en un mar de luces y demasiada claridad para horas tan tempranas. Así iba yo esta mañana por la nueva terminal del aeropuerto de El Prat. Nadie pensó en nosotros, los recién levantados, apenas sin energía ni café en las venas que nos haga soportar tanta lucecita puteona. He de reconocerlo; si no consigue despertarte ya nada lo hará, o bien despierta tus más bajos instintos, lo que contribuye a crear esa “mágica” atmósfera de buen rollo tan común en los aeropuertos. (Aprovecho para cagarme en la madre que parió al que ideó la terminal nueva de Barcelona, los suplementos extras de los taxis para llegar hasta allí y los dos buses cada hora que unen ambas terminales).
Me voy por los cerros de Úbeda. A lo que iba. Mi primera vez volando con Alitalia y mi primera vez en Turín. Experiencias ambas cuando menos curiosas.
Entrar en el avión de Alitalia ha sido una regresión en el tiempo. De repente me he encontrado con un estrecho pasillo y unos asientos forrados de verde aceituna al más puro estilo “Cuéntame”. Un mini avión que a duras penas conseguía escondernos su miedo, tembleque por aquí y por allá, miedoso él hasta que ha posado sus ruedas en el asfalto.
No éramos muchos los pasajeros, pero hete ahí que mi imán hacia los personajillos volvió a atraer a mí un nuevo espécimen. Un tipo rechoncho y con un moreno tirando a roñoso, pelo negro tipo tinte, sonrisa inexistente y ojos qué bien podrían ser los de un borrico. El buen hombre ocupaba su asiento y la mitad del otro, menos mal que uno bebió poca leche cuando era pequeño y no estiró todo lo que debía. Para empezar, el mamarracho quería quitarme la ventanilla, ni hablar del peluquín, dónde voy yo a echar una cabezadita si no (su hombro, ¡descartado!). Le hago levantarse y farfulla algo así como que él quería ventanilla. Claro, y yo una jirafa morada.
Me siento y empieza a darme palique el cazurro. Le sonrío con esa sonrisa que uno pone sabiendo que nadie se la cree. Ésa que dice lo que no dicen las palabras. Ésa con la que nada más verla debería hacerle callar. Sus ojos de borrico no le dejan ver más allá, sigue el tipo dale que te dale. Abro mi libro y nada. Dejo de contestarle y tampoco, igual era sordo (gordo ya lo era). Opto por girarme y mirar por la ventanilla y se ve que el hombre se quedó con ganas de ventana y de repente noto su aliento pestilento en mi nuca. Ahí estaba, asomado por encima de mi hombro; ahí estaba yo viendo uno de los amaneceres más bonitos con el botarate cual loro de colores posado en mí. Bonito amanecer, por cierto. He aprendido a abstraerme.
Ahí no acaba la cosa, el tarugo se tira un señor pedo, un pedo de los peores, de los que no suenan pero huelen a cuerno frito. No sólo uno sino dos, ¡estaba podrido el tío! Empiezo a echar colonia como un poseso y a hacer aspavientos; le entra un ataque de tos y me mira furibundo mi compañero. Le contesto de igual manera, diálogo de orangutanes midiendo fuerzas, espero que conociera la historia de David y Goliat. Finalmente le digo “¿pero tú no hueles mal, como si “alguien” se hubiera tirado un pedo?”, yo con la mano en la nariz intentando no aspirar su fabada del día anterior. Y va el pedorro y me dice, “sí, sale del aire acondicionado”. Más ancho que largo que se ha quedado. Debería haberle contado entonces lo de que los niños vienen de París traídos por una cigüeña y la historia de las abejitas y las flores. “No, es que “alguien” se ha tirado un pedo por aquí, muy cerca”. Se encoge de hombros y me pregunta a ver si dan café. Y yo qué narices sé, ¿tengo cara de azafato? Anda y váyase a cagar que buena falta le hace…
Aún así, el viaje mereció la pena, increíble amanecer. Me acordaba yo de lo que decía mi padre el otro día, el misterio de volar. En realidad, volar no es natural para los seres humanos. Es natural correr, incluso saltar, todo lo que vaya por tierra, pero volar… nosotros que nacimos desplumados y “des-alados” (así, con guión que si no parecemos sosos, aunque más de uno lo sea). Lo dicho, increíble saberse por encima de las nubes aún habiendo nacido para cultivar zanahorias y cazar liebres.
PRIMERAS IMPRESIONES DE TURÍN
En éstas que llego a Roma para hacer escala. Ni rastro de mi vuelo en ninguna de las pantallas. Pregunto a un tipo que tiene uno de esos coches en los que se traslada a los inválidos, cojos, ciegos y demás. Le pregunto y, de repente, me veo subido en esa especie de carrito de golf para lisiados, a toda leche camino de la B9 sin saber si ésa es mi puerta o no. Como en un atasco, “abuelaaaa, quítese que molesta”, “pero hombre, ¡¡ese carrito!!”. Entre bocinazo y bocinazo, llegamos y me deja ahí sorprendido y medio partido de la risa. Debería haberme hecho el cojo al bajar, he andado lento ahí. Esas cosas no me pasan a mí. Para solucionarlo, ahí estaba Murphy, mi colega el del buen rollo. La puerta había cambiado y ahora era la B26. Intento buscar a mi benefactor pero sólo quedaba una nube de polvo y un par de ancianos al borde del ataque al oír sus gritos.
Lo consigo. Me siento en el avión, respiro y, ahora sí, disfruto de un vuelo sin ningún pedorro a mi lado. Gloria bendita. Ahora soy yo el que tiene ganas de tirarse un señor pedo, poner cara de inocencia (tengo mi práctica) y decir que hay que revisar el aire acondicionado.
Turín, increíbles vistas ya desde el aeropuerto, con sus montañas recién nevadas, sus colores otoñales propios de revista de fotografía… ¡Llegué!
Cojo un taxi cuyo taxista parecía normal. En seguida empieza a hacer adelantamientos imposibles, a quemar la bocina ya ronca de tanto uso y a acordarse de la familia de todos los que le rodean. “Ma qué cosa” le oigo decir mientras suelta el volante para hacer ese gesto tan italiano que ha estado a punto de acabar con nuestras vidas. Casi veo la luz al final del túnel, me he acordado de cuando era pequeño, del colegio, de la universidad… todo en menos de 2 segundos. La muerte venía hacia nosotros. Creo que se lo enseñan en la autoescuela, ha tomado el control del coche de nuevo entre aspavientos, gritos y movimientos irrepetibles de manos y brazos, el hombre orquesta.
Me da tiempo a ver las vistas, por aquello de no pensar en que no quiero morir joven. Fijé mi mirada en el paisaje. Precioso.
Mi primer día en Turín y como en un restaurante que tiene buena pinta, en la que todos me dicen “¿español?” y luego se ríen. Me entran ganas de decirles "español sí, pero ni sevillano ni tonto", yo nunca he sido gracioso. Me dan el menú y pienso que pido rissotto de setas y carpaccio de buey y como rissotto de algo rosa tipo carne y algo morado tipo vegetal (que ni uno ni lo otro, las apariencias engañan) y carpaccio de pulpo. Pido un chocolate de postre, exactamente “como el café pero sólo chocolate”, y me acabo bebiendo un mitad café mitad chocolate con espuma.
Gran ciudad Turín, mañana iré a ver el centro. Andando. En bus. En autostop. Pero no en taxi.
viernes, 10 de julio de 2009
miércoles, 10 de junio de 2009
De vuelta a las raíces y con las manos en la masa
Una parte de mí es gallega... mi abuelo, ayer fue su aniversario..., era gallego. He pasado el fin de semana entre pulpos, cachelos, empanadas y ese humor que también tenía él. He pasado por delante de su facultad en Santiago, he vuelto a Coruña, también he estado en Vigo... todo pasado por agua, por supuesto. Soy de los que opinan que Galicia, como Bilbao, tiene más gracia cuando llueve. Sobre todo Santiago, me gusta Santiago empapado. Abuelo, me faltó tomar caldo gallego, pero como el tuyo difícil...
No se puede ir a Galicia y no hablar de comida porque nos pusimos las botas. Quién me iba a decir a mí que sería allá donde haría mi primera incursión en el mundo de la Termomix. Hice, a medias con Hilda, un bizcocho veteado. Que si me gustó, claro que me gustó. Ahora bien, no cambio la batidora por nada del mundo. Y mucho menos la emoción de "¿habré calculado bien?", la sorpresa de probar el primer trozo y ver si está bueno o te pasaste con la harina... La Termomix le quita la gracia. Así que, como me quedé con las ganas, a la vuelta he hecho dos bizcochos. Uno de nata, manzana y nueces y otro de nata, nueces, almendras, chocolate... ¡mmmmmmm!
Los ingredientes:
- 1/2 litro de nata líquida
- 4 huevos enteros
- Usando el brick de la nata, 1 brick de azúcar
- Brick y medio de harina normal
- 1 sobre de levadura Royal
Cómo hacerlo:
Se precalienta el horno a 200º. Se juntan todos los ingredientes y se baten. Se coge un molde (yo tengo de silicona, que luego es más fácil de sacar el bizcocho) y se llena con la masa hasta la mitad (sin pasarse, que luego sube). Se mete el molde en el horno, ya precalentado, en la parte media-baja. Procurar no abrir mucho el horno. Cuando se ve que ya ha subido, se baja el horno a 150º. Y luego ya, el típico truquito del pincho... se mete en el bizcocho y si sale limpio, es que ya está hecho; si sale con masa, es que aún le falta.
Le puedes añadir lo que quieras: trozos de manzana, pasas, almendras, nueces, cacao... ¡al gusto!
No se puede ir a Galicia y no hablar de comida porque nos pusimos las botas. Quién me iba a decir a mí que sería allá donde haría mi primera incursión en el mundo de la Termomix. Hice, a medias con Hilda, un bizcocho veteado. Que si me gustó, claro que me gustó. Ahora bien, no cambio la batidora por nada del mundo. Y mucho menos la emoción de "¿habré calculado bien?", la sorpresa de probar el primer trozo y ver si está bueno o te pasaste con la harina... La Termomix le quita la gracia. Así que, como me quedé con las ganas, a la vuelta he hecho dos bizcochos. Uno de nata, manzana y nueces y otro de nata, nueces, almendras, chocolate... ¡mmmmmmm!
Los ingredientes:
- 1/2 litro de nata líquida
- 4 huevos enteros
- Usando el brick de la nata, 1 brick de azúcar
- Brick y medio de harina normal
- 1 sobre de levadura Royal
Cómo hacerlo:
Se precalienta el horno a 200º. Se juntan todos los ingredientes y se baten. Se coge un molde (yo tengo de silicona, que luego es más fácil de sacar el bizcocho) y se llena con la masa hasta la mitad (sin pasarse, que luego sube). Se mete el molde en el horno, ya precalentado, en la parte media-baja. Procurar no abrir mucho el horno. Cuando se ve que ya ha subido, se baja el horno a 150º. Y luego ya, el típico truquito del pincho... se mete en el bizcocho y si sale limpio, es que ya está hecho; si sale con masa, es que aún le falta.
Le puedes añadir lo que quieras: trozos de manzana, pasas, almendras, nueces, cacao... ¡al gusto!
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LA VIDA DE RAMÓN,
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RAMÓN SE VA DE VIAJE
lunes, 18 de mayo de 2009
martes, 7 de abril de 2009
On the Road V - Síndrome de Estocolmo
Soy un prisionero del trabajo. Llegué incluso a mandar un mail a la 1 y media de la madrugada; había vuelto de cenar y se me ocurrió encender el ordenador, craso error. No disfruto de fines de semana básicamente porque trabajo todos los días de la semana. Sigo el sistema americano, así que hasta que cumpla 3 años en la empresa no tendré más que dos semanas de vacaciones al año, luego tres y así hasta que llegue a las 4 semanas cuando lleve más de 10 años. Por supuesto, esas dos semanas no me las puedo coger en agosto ni en Navidades, ni Semana Santa... vamos que es probable que me vaya de vacaciones con Max, mi amigo invisible. Lo pasaremos bien. Vivo en España pero no puedo cogerme las fiestas españolas... pero tampoco las americanas. No tengo tarjeta de crédito corporativa porque no tengo cuenta bancaria americana. Tardé mes y medio en empezar a cobrar la nómina y 3 meses en que me devolvieran los gastos de viajes. No conozco personalmente a casi nadie de la empresa porque, como es año de crisis, se ha suspendido la reunión anual en Estados Unidos. Mi móvil echa humo. Desayuno, como y ceno con la gente del curro. A veces también vamos de fiesta. Mi oficina varía desde una habitación de un hotel a un vestuario "acondicionado", e incluso he llegado a trabajar en baños. Aeropuertos, hoteles y pabellones son para mí mi hábitat natural desde hace algunos meses. Esta mañana he vuelto a llamar "casa" a un hotel. Mi ropa va de la maleta a la lavadora y de la lavadora a la maleta; no conoce armario. El portátil ya es una extensión tanto de mi hombro como de mis dedos.
A pesar de todo esto, estoy contento. Feliz. Me gusta mi trabajo. Leo todo esto, así de corrido, y lo que más me preocupa es que siga feliz. No siento que esté explotado como me dicen que estoy. Me gusta el trabajo y, en general, me gusta la gente con la que trabajo. No tengo tiempo libre como lo habría entendido hace 3 meses pero no tengo que estar 8 horas en una oficina. Al margen de quejas puntuales, estoy contento por la cantidad gente diferente que estoy conociendo, todas las ciudades que estoy visitando, lo que estoy aprendiendo... Entre otras cosas positivas, dentro de poco tendré la Iberia Plus oro, seré cliente VIP de las cadenas hoteleras y me harán la ola en Movistar. También es verdad que ahora me moriría si tuviera que volver a estar encerrado en una oficina todo el día. Tengo libertad: salgo y entro cuando quiero y cada día es diferente. Todos estamos en lo mismo, así que al final es verdad que somos como una gran familia y los tiempos para coger confianza con la gente se acortan.
Puede que tenga Síndrome de Estocolmo. Y qué si lo paso bien.
La Semana Santa... ese oasis entre las Navidades y el verano... me la he pasado en Andorra trabajando. Ha sido un infierno en cuanto a problemas; uno no sabe lo tercermundista que es este país hasta que trabaja allá. Atrapado en Andorra, un país cuyas leyes dependen de a quién conozcas, donde sólo se puede esquiar, comprar, ir a un balneario y donde todos los restaurantes cierran cocina a las 10 y media. Una semana allá... sin madrugar -porque ésta es otra de las ventajas de mi trabajo: no madrugo-, sin gastar un duro -todo por cuenta de la empresa... ¡Incluso pude esquiar un día e ir al Spa! No me quejo. Dicen que esto es una droga y que, una vez probado, uno no puede dejarlo. Estoy empezando a sentir los efectos. Y me gustan.
Siguiente parada: Tenerife. Quién sabe si en un tiempo no muy lejano no estaré en Costa Rica o en Guatemala. No será porque no me lo avisaron. La última señal llegó hoy. Y sigo feliz y lo seguiré si así fuera.
A pesar de todo esto, estoy contento. Feliz. Me gusta mi trabajo. Leo todo esto, así de corrido, y lo que más me preocupa es que siga feliz. No siento que esté explotado como me dicen que estoy. Me gusta el trabajo y, en general, me gusta la gente con la que trabajo. No tengo tiempo libre como lo habría entendido hace 3 meses pero no tengo que estar 8 horas en una oficina. Al margen de quejas puntuales, estoy contento por la cantidad gente diferente que estoy conociendo, todas las ciudades que estoy visitando, lo que estoy aprendiendo... Entre otras cosas positivas, dentro de poco tendré la Iberia Plus oro, seré cliente VIP de las cadenas hoteleras y me harán la ola en Movistar. También es verdad que ahora me moriría si tuviera que volver a estar encerrado en una oficina todo el día. Tengo libertad: salgo y entro cuando quiero y cada día es diferente. Todos estamos en lo mismo, así que al final es verdad que somos como una gran familia y los tiempos para coger confianza con la gente se acortan.
Puede que tenga Síndrome de Estocolmo. Y qué si lo paso bien.
La Semana Santa... ese oasis entre las Navidades y el verano... me la he pasado en Andorra trabajando. Ha sido un infierno en cuanto a problemas; uno no sabe lo tercermundista que es este país hasta que trabaja allá. Atrapado en Andorra, un país cuyas leyes dependen de a quién conozcas, donde sólo se puede esquiar, comprar, ir a un balneario y donde todos los restaurantes cierran cocina a las 10 y media. Una semana allá... sin madrugar -porque ésta es otra de las ventajas de mi trabajo: no madrugo-, sin gastar un duro -todo por cuenta de la empresa... ¡Incluso pude esquiar un día e ir al Spa! No me quejo. Dicen que esto es una droga y que, una vez probado, uno no puede dejarlo. Estoy empezando a sentir los efectos. Y me gustan.
Siguiente parada: Tenerife. Quién sabe si en un tiempo no muy lejano no estaré en Costa Rica o en Guatemala. No será porque no me lo avisaron. La última señal llegó hoy. Y sigo feliz y lo seguiré si así fuera.
lunes, 30 de marzo de 2009
lunes, 2 de marzo de 2009
On the Road III - Explicaciones
Me dicen que no todos los americanos son como los pinto. Sin duda. Ni todos los vascos somos terroristas, ni todos los madrileños unos chulos, ni los catalanes maleducados, ni los andaluces incultos... Es más, ni siquiera los gallegos comen siempre pulpo con cachelos y caldo de primero.
Contesto que estoy en fase de adaptación, uno escribe sobre aquello que le sorprende, lo que le llama la atención. Ojalá pudiera relatar de una manera interesante el vuelo de una mosca. Pero lo que me llama la atención es su manera de vivir en una terapia de grupo constante, el cómo separan totalmente lo personal de lo profesional, lo organizado que tienen el trabajo -y lo estructurado también-, sus -insanos- hábitos alimenticios, la naturalidad con que llevan ser los amos del mundo -haciéndolo saber-... Claro que, de momento, todo son primeras impresiones.
Uno se acostumbra a todo. Así que aprovecho mis primeros meses, antes de que me vuelva uno de ellos y deje las castañuelas y los lunares a un lado acumulando polvo.
A veces uno escribe y no sabe qué leerán los demás. Por eso siempre me han parecido absurdos los comentarios de texto que nos mandaban hacer en el colegio. Qué habrá querido decir con "pan y cebolla". Y yo qué coño sé, a lo mejor que eran tiempos de postguerra, a lo mejor estaba a dieta, a lo mejor se había fumado un porro... a lo mejor era lo que mejor rimaba. Vete tú a saber. Y, a veces, tiene uno ganas de explicarlo y otras no. Hay que considerar que no soy fiel a la realidad casi nunca, como tampoco lo soy a la imaginación. En fin, que en todo lo que escribo hay parte de verdad, parte de mi vida, parte de la de otros, parte de mentira y parte de imaginación. Y todo lo escribo sabiendo que no se leerá como lo hago yo. Imposible dar una fórmula magistral para hacerlo porque los porcentajes de invención, verdad, mentira y demás, varían en función del texto. E incluso a veces hay variables que no aparecen. Cómo saberlo.
Que nadie espere un relato 100% real. No escribo sobre lo que pasó sino que también se entremezclan mis pensamientos, sentimientos, vidas ajenas, libros que leí... Nadie dijo que esto fuera un diario (aunque lo parezca a veces).
Después de todo... yo no soy americano. Soy incapaz de separar lo profesional de lo personal. :-)
Contesto que estoy en fase de adaptación, uno escribe sobre aquello que le sorprende, lo que le llama la atención. Ojalá pudiera relatar de una manera interesante el vuelo de una mosca. Pero lo que me llama la atención es su manera de vivir en una terapia de grupo constante, el cómo separan totalmente lo personal de lo profesional, lo organizado que tienen el trabajo -y lo estructurado también-, sus -insanos- hábitos alimenticios, la naturalidad con que llevan ser los amos del mundo -haciéndolo saber-... Claro que, de momento, todo son primeras impresiones.
Uno se acostumbra a todo. Así que aprovecho mis primeros meses, antes de que me vuelva uno de ellos y deje las castañuelas y los lunares a un lado acumulando polvo.
A veces uno escribe y no sabe qué leerán los demás. Por eso siempre me han parecido absurdos los comentarios de texto que nos mandaban hacer en el colegio. Qué habrá querido decir con "pan y cebolla". Y yo qué coño sé, a lo mejor que eran tiempos de postguerra, a lo mejor estaba a dieta, a lo mejor se había fumado un porro... a lo mejor era lo que mejor rimaba. Vete tú a saber. Y, a veces, tiene uno ganas de explicarlo y otras no. Hay que considerar que no soy fiel a la realidad casi nunca, como tampoco lo soy a la imaginación. En fin, que en todo lo que escribo hay parte de verdad, parte de mi vida, parte de la de otros, parte de mentira y parte de imaginación. Y todo lo escribo sabiendo que no se leerá como lo hago yo. Imposible dar una fórmula magistral para hacerlo porque los porcentajes de invención, verdad, mentira y demás, varían en función del texto. E incluso a veces hay variables que no aparecen. Cómo saberlo.
Que nadie espere un relato 100% real. No escribo sobre lo que pasó sino que también se entremezclan mis pensamientos, sentimientos, vidas ajenas, libros que leí... Nadie dijo que esto fuera un diario (aunque lo parezca a veces).
Después de todo... yo no soy americano. Soy incapaz de separar lo profesional de lo personal. :-)
martes, 24 de febrero de 2009
On the Road II - Gran Hermano a la laboral
No hay secretos, aquí hasta tus más celosamente guardadas vergüenzas están al descubierto. Yo te lo cuento a ti en confianza, tú se lo cuentas a él -también en confianza-, él se lo cuenta a ellos -en confianza, por supuesto- y, al final, todos saben que tienes una almorrana gigante en el culo. Cualquier otro ejemplo habría servido, pero así se ve más claro. Vamos, que según vas pasando oyes unos "uysss", "agrhhhh" y ves unas caras de pena y de dolor cuando te miran y te preguntas por qué. Angelito... ¡Todos saben que te sientas en un flotador y te mueres del dolor cuando cagas!
Existen varios escalafones; el de los camioneros, el de los artistas, el del staff, el de producción..., y así sucesivamente, hasta llegar al pez gordo que se deja caer de vez en cuando. Me acabo de enterar que hay una libreta que corre en manos de los camioneros (y que van actualizando religiosamente) en la que aparecen todos los puticlubs de todas y cada una de las ciudades. Al lado de cada nombre están los precios, consejos, nombres y demás. El día que caiga en mis manos, lo publico y me hago de oro. Un Lonely Planet de putis... me forraría, si alguien me quita la idea que me dé la mitad. Las estrellas ya están puestas según calidad, servicio, ya sabes, ahí está todo, en la Biblia de los Camioneros.
Pero ahí no queda todo. No tengo constancia de que exista documento por escrito pero sí hay una ficha, que se transmite oralmente, de todos y cada uno de los artistas, staff... el más promiscuo, la más guarra, la más fácil, el rarito, con la que puedes llegar a hablar de algo interesante, el que se ha follado a todas... así no hay quien trabaje... ¡tanta distracción! La razón/excusa: aquí, quien más quien menos está un año de gira.
He decir que me voy integrando, las palabras en inglés no se atascan en mi cabeza como la última vez, llevo ya 5 horas con el mismo chicle en la boca y aún soy capaz de hacer globos y explotarlos ruidosamente... ¡e incluso he comido chili a la americana! Sea lo que sea. También he asistido a la típica barbacoa americana. Es increible, parece que allá donde vayan lleven siempre a cuestas una barbacoa, los pinchos de "pork & vegetables" listos para asar, las hamburguesas y unos quinientos tipos de salsas. Por supuesto, había una consola, música y varios sombreros de cowboy -he oído varios "yiiiii-ahhhhhh!", además de dos gorras de capitán de barco y tres tremendas cajas con hielo y muchas cervezas. Cualquier lugar y cualquier momento son buenos. Ésta fue debajo de un puente, al lado de una autopista, entre las 10 y media y las 12 de la noche; y no era precisamente una noche calurosa. Eché de menos la gran bandera ondeando sobre nuestras cabezas y un minuto dedicado a ponernos la mano en el pecho y ofrecer nuestra humilde barbacoa al dios Obama, mientras cantábamos el himno americano. Probaré suerte la próxima vez.
Conocí también a un veterano de Vietnam, 25 años sirviendo -orgullosamente- al ejército americano por todo el globo. Era joven cuando le reclutaron y hará unos 5 años que le retiraron, así que no quiso quedarse en su casa de Kansas City -de la que, por cierto, me contó que era ciudad hermana de Sevilla, uno nunca deja de sorprenderse-. Cogió los bártulos y se mudó a Florida; sus hijos ya eran mayores así que "no tenía hogar"; de su mujer no oí hablar. Se aburrió pronto de Florida, así que decidió que quería conocer mundo y ahí estaba, dando vueltas de Japón a España, pasando por Amsterdam, Polonia... no necesariamente en ese orden. No pregunté cuánta gente había matado, por cortesía y por miedo a molestarle. Uno nunca debería molestar a un veterano de guerra. Por si las moscas. Buen tipo, después de todo, se me hizo simpático el vaquero. Ahora mismo vuela rumbo a Polonia. Espero volver a verle, prometió enseñarme sus fotos de juventud.
Lo de "me voy integrando" es un decir, porque también asistí a una reunión de "seguridad" en la que me he sentí más cerca de entrar en Guantánamo que nunca: España no es un país seguro, aquí no quieren a los americanos, andaros con ojo porque roban, tened cuidado que os pueden querer quitar vuestros pasaportes, no habléis con desconocidos, esperemos que no nos roben en las habitaciones de los hoteles... que os quede claro, España: Tercer Mundo. No tenemos la suerte de ser americanos. Menos mal que quien más quien menos por aquí es ruso como mínimo.
Lo dicho, hay que tener los pies muy en la tierra para no perder el norte. Menos mal que viajo en avión y no con ellos en la caravana. Sigo viendo el norte; por mucho tiempo.
Hasta aquí mi segunda crónica.
Existen varios escalafones; el de los camioneros, el de los artistas, el del staff, el de producción..., y así sucesivamente, hasta llegar al pez gordo que se deja caer de vez en cuando. Me acabo de enterar que hay una libreta que corre en manos de los camioneros (y que van actualizando religiosamente) en la que aparecen todos los puticlubs de todas y cada una de las ciudades. Al lado de cada nombre están los precios, consejos, nombres y demás. El día que caiga en mis manos, lo publico y me hago de oro. Un Lonely Planet de putis... me forraría, si alguien me quita la idea que me dé la mitad. Las estrellas ya están puestas según calidad, servicio, ya sabes, ahí está todo, en la Biblia de los Camioneros.
Pero ahí no queda todo. No tengo constancia de que exista documento por escrito pero sí hay una ficha, que se transmite oralmente, de todos y cada uno de los artistas, staff... el más promiscuo, la más guarra, la más fácil, el rarito, con la que puedes llegar a hablar de algo interesante, el que se ha follado a todas... así no hay quien trabaje... ¡tanta distracción! La razón/excusa: aquí, quien más quien menos está un año de gira.
He decir que me voy integrando, las palabras en inglés no se atascan en mi cabeza como la última vez, llevo ya 5 horas con el mismo chicle en la boca y aún soy capaz de hacer globos y explotarlos ruidosamente... ¡e incluso he comido chili a la americana! Sea lo que sea. También he asistido a la típica barbacoa americana. Es increible, parece que allá donde vayan lleven siempre a cuestas una barbacoa, los pinchos de "pork & vegetables" listos para asar, las hamburguesas y unos quinientos tipos de salsas. Por supuesto, había una consola, música y varios sombreros de cowboy -he oído varios "yiiiii-ahhhhhh!", además de dos gorras de capitán de barco y tres tremendas cajas con hielo y muchas cervezas. Cualquier lugar y cualquier momento son buenos. Ésta fue debajo de un puente, al lado de una autopista, entre las 10 y media y las 12 de la noche; y no era precisamente una noche calurosa. Eché de menos la gran bandera ondeando sobre nuestras cabezas y un minuto dedicado a ponernos la mano en el pecho y ofrecer nuestra humilde barbacoa al dios Obama, mientras cantábamos el himno americano. Probaré suerte la próxima vez.
Conocí también a un veterano de Vietnam, 25 años sirviendo -orgullosamente- al ejército americano por todo el globo. Era joven cuando le reclutaron y hará unos 5 años que le retiraron, así que no quiso quedarse en su casa de Kansas City -de la que, por cierto, me contó que era ciudad hermana de Sevilla, uno nunca deja de sorprenderse-. Cogió los bártulos y se mudó a Florida; sus hijos ya eran mayores así que "no tenía hogar"; de su mujer no oí hablar. Se aburrió pronto de Florida, así que decidió que quería conocer mundo y ahí estaba, dando vueltas de Japón a España, pasando por Amsterdam, Polonia... no necesariamente en ese orden. No pregunté cuánta gente había matado, por cortesía y por miedo a molestarle. Uno nunca debería molestar a un veterano de guerra. Por si las moscas. Buen tipo, después de todo, se me hizo simpático el vaquero. Ahora mismo vuela rumbo a Polonia. Espero volver a verle, prometió enseñarme sus fotos de juventud.
Lo de "me voy integrando" es un decir, porque también asistí a una reunión de "seguridad" en la que me he sentí más cerca de entrar en Guantánamo que nunca: España no es un país seguro, aquí no quieren a los americanos, andaros con ojo porque roban, tened cuidado que os pueden querer quitar vuestros pasaportes, no habléis con desconocidos, esperemos que no nos roben en las habitaciones de los hoteles... que os quede claro, España: Tercer Mundo. No tenemos la suerte de ser americanos. Menos mal que quien más quien menos por aquí es ruso como mínimo.
Lo dicho, hay que tener los pies muy en la tierra para no perder el norte. Menos mal que viajo en avión y no con ellos en la caravana. Sigo viendo el norte; por mucho tiempo.
Hasta aquí mi segunda crónica.
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